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BillOliveI .pdf



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Vivía en una casa al final de la avenida, pero desde la ventana de su habitación podía verla correr
tras sus hermanas en el jardín. Las tres muchachas se perseguían entre las hierbas altas, inflamando con
sus risas el cálido aire de finales de verano
Hasta donde le alcanzaba la memoria aquella casa siempre había pertenecido al reverendo
Clearwater. Su madre solía visitarlo buscando en la fe que éste profesaba el consuelo que sus propias
oraciones ya no le proporcionaban, y Bill recordaba haber tenido que acompañarla hasta allí en varias
ocasiones. Se quedaba sentado en los escalones del porche obedientemente, alineando piedrecillas o
anudando briznas de hierba seca hasta que llegaba la hora de volver a casa, procurando no molestar.
Apenas podía precisar en qué momento se percató de la existencia de la joven Thea. Una tarde levantó
la vista y allí estaba el vuelo de su traje, la frescura de sus rizos, la armonía de su voz. Fue como si el
pequeño Bill llevara toda la eternidad preparándose para ese momento. De repente las visitas al
reverendo dejaron de ser tediosas e insufribles y se convirtieron en la máxima aspiración de los días
entre semana.
Las hijas de los Clearwater estudiaban en casa, y sólo les permitían salir a jugar entre la media
tarde y la caída de la noche dentro de los límites de su jardín. A veces se las veía de puntillas sobre sus
pies descalzos tratando de mirar por encima de la cerca que rodeaba la casa, contemplando lo que
sucedía en el camino con ojillos brillantes de emoción. En primavera se tumbaban bajo la irregular sombra
de un roble a escuchar las historias que su madre les contaba, y hacían coronas con aquellas pequeñas
flores amarillas y blancas con las que parecían ángeles caídos del cielo. Bill lo sabía porque desde su
ventana podía verlas correr por el jardín.
Thea era la mayor de sus hermanas y aunque tenía un par de años menos que Bill sus estaturas
eran muy similares. De carácter desenfadado, quizás lo que más llamativo resultara de ella fuera su
curiosidad innata, ese tremendo afán por entender todo cuanto la rodeaba. Adoraba los retos, tanto
físicos como intelectuales, y siempre tenía preparada una adivinanza para Bill. Dado que provenía de una
familia modesta, éste había aprendido a leer gracias a unos pocos recortes de periódicos pero fue Thea
quien le abrió la puerta a la poesía y la literatura, prestándole las novelas de su padre a escondidas. A
cambio, él le enseñó a trepar a los árboles y a preparar trampas con las que capturar ardillas.
Pasó la estación de lluvias, y llegó de nuevo. Al cabo de este tiempo el reverendo Clearwater
permitió a su hija visitar la casa de Bill, no sin antes someter al joven a un intenso interrogatorio y hacerle
prometer que permanecerían dentro del campo de visión de un adulto en todo momento. La obsesiva
protección de aquel hombre hacia su familia ponía enfermo a Bill, quien no entendía por qué le
preocupaba tanto que su hija llegara al final de la avenida. Una vez en el patio trasero de la casa del
muchacho, Bill le descubrió a su amiga una vieja caja de madera que tal vez, hacía muchos años, había
llegado a contener puros. Levantó la tapa con parsimonia, dejando que la curiosidad se hiciera eco en el
ánimo de la muchacha. Sobre el fondo de tablones descansaba un revólver de aspecto antiguo que cabía
en la palma de una mano, y unas pocas balas desperdigadas que rodaban de un lado a otro debido al
desequilibrio. Bill cargó el arma. Thea contenía el aliento, visiblemente entusiasmada. Él la agarró de la
mano y la condujo hacia un improvisado campo de tiro que había montado con una larga viga de madera y
unas cuantas latas oxidadas.

-Tienes que sujetarla con una mano, y hacer que forme una línea recta con tu brazo, hasta el
hombro. ¿Lo ves? No cierres un ojo al apuntar, es ridículo –le explicó, ilustrando sus palabras con un
ejemplo práctico-. Ahora tiro de esto hacia atrás.
El primer proyectil se perdió entre los hierbajos levantando una fina capa de tierra al perforar el
suelo. Nunca había sido demasiado bueno disparando. Atribuía su escasa puntería a la dificultad de sus
ojos para enfocar objetos alejados, y a pesar de que se había colocado bastante cerca de su objetivo los
nervios lo habían traicionado. Sin embargo había aprendido a compensar aquella carencia con una
increíble rapidez a la hora de amartillar y apretar el gatillo del revólver, por lo que en apenas unos
segundos había abierto fuego contra las latas las suficientes veces como para acertar en al menos una
ocasión. Thea aplaudió encantada.
-Vamos, prueba tú –la invitó Bill.
A pesar de mostrarse reticente al principio, la joven pronto se sintió cómoda sosteniendo el
arma. Bill descubrió que la paciencia que dedicaba al centrar su objetivo hacía que errara pocos tiros.
Después de vaciar repetidas veces el tambor del revólver, ambos decidieron dar por terminada la
lección. Thea, con las mejillas encendidas a causa de la excitación, depositó un beso en la mejilla del chico
antes de salir corriendo calle abajo y desaparecer en el interior de su casa.
Con el paso del tiempo la relación entre ambos se fue estrechando. A todo el mundo le parecía
de lo más natural que pasaran las tardes juntos, leyendo novelas en voz alta o inmersos en algún
inocente proyecto secreto, y las mujeres del pueblo intercambiaban miradas cómplices cuando los veían
pasar. Próximo el decimocuarto cumpleaños años de Thea, ésta le pidió encarecidamente que le
enseñara a montar a caballo. Incapaz de negarle cualquier petición, Bill empleó sus mejores artimañas
para convencer al reverendo de que necesitaba el caballo que utilizaban para arrastrar el carro el día de
mercado. No se trataba de un caballo de tiro en sí, dado que su función se reducía a pastar en un cercado
excepto cuando se precisaba su ayuda, y ya que su propia familia no podía permitirse disponer más que
de una vieja mula el muchacho lo consideró una buena opción. Para respaldar los argumentos que había
utilizado, Bill dedicó un par de días a estudiar un bosquecillo cercano al pueblo a caballo, agasajando a la
vuelta a la familia Clearwater con un par de pájaros que había cazado. La víspera del cumpleaños de Thea
la citó en su casa, como venía siendo habitual. Nunca olvidaría la expresión de satisfacción que iluminó su
dulce rostro al comprender que, una vez más, su amigo le abría las puertas al mundo con el que tanto
había soñado.
Y de repente, con la misma facilidad con que se había instalado en sus vidas, la felicidad en la que
se hallaban sumergidos se desvaneció. No fue cosa de un día, ni mucho menos. La tragedia se mascaba
desde principios de la primavera, pero los dos jóvenes habían pactado tácitamente hacer caso omiso,
como si quizás así pudieran conservar aquel refugio de paz que tanto trabajo les había costado construir.
Pese a esto, el aciago momento en que sus temores se harían realidad no se retrasó.
Aún no era mediodía siquiera cuando Thea llamó a la puerta de la casa de Bill, sin obtener
respuesta. Esperó pacientemente con las manos en el interior de los bolsillos del delantal, la cabeza
gacha y una sombra de llanto en los ojos. Con la espalda apoyada en el otro lado de la puerta, Bill apretó
los puños deseando con todas sus fuerzas que la chica de los Clearwater se marchara. Sabía que, a pesar

de que su madre le hubiera dicho que se trataba de algo temporal, el reverendo se llevaba lejos a su
familia para siempre.
-Te escribiré –escuchó despedirse a Thea con voz quebrada.
Puedes guardarte tus sucias cartas. Jamás tendrán el color de tus ojos, ni el olor de tu pelo. No
me enseñarán a entonar poesías. No podré abrazarlas cuando me cuenten que sientes miedo, quiso
gritarle.
Habían compartido inquietudes, secretos y esperanzas durante toda la adolescencia. Habían
superado dificultades, aprendido a desarrollar y desafiar sus respectivos roles en la sociedad. Habían
sido testigos de grandes logros y tragedias, sin sospechar que la mayor de ellas estaba aún por llegar.
Qué se creía aquel estúpido reverendo. Ni siquiera él tenía derecho a arrebatarle a su preciosa
Thea. Cogería su revólver y le volaría la cabeza si era necesario, pero no la arrancaría de su lado. No. No,
no, no, no, no. Pero por mucho que apretara los dientes, por mucho que golpeara la pared, aquella
terrible rabia, aquel dolor en lo más profundo del pecho no desaparecían; ni aquel carro que
transportaba las pertenencias de la familia Clearwater se detenía. Bill lo sabía porque desde su ventana
podía verlo rodar hacia quién sabía dónde.
 


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