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Author: David y Cristina

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6
Al volver a casa vimos al hombre de antes esperándonos en la puerta, a su lado
estaba una mujer de pelo rubio que llevaba algo en la mano. No se veía que era
porque estaba tapado. El hombre preguntó si yo era Glenn O’Hara, afirmé con un
ajá.
—Seguro que no me conoces, soy el inspector Wolfang Schneider de homicidios.
Veo que conoces a Getxa, además nosotros —dijo señalando a la silenciosa
mujer— vivíamos en el edificio 26 del Irish Park.
—Entendido señor…
—Wolfang pero puedes llamarme Wolf.
Tom sacó las llaves y abrió la puerta.
—Pasad. —Les indicó.
Menudo apellido tenía el tío, y de nombre «lobo». Me fijé más de cerca en la
mujer, era bastante alta, tenía demasiado pecho, el pelo rubio y los ojos azules.
Tenía la típica belleza austriaca, él con su altura, su nombre y su prominente
barbilla tendría que ser alemán si o si.
La mujer dejó el dulce sobre la encimera.
—Huele a gloria —comentó Tom abriendo sus aletas nasales.
Me fijé que para ser alemán tenía el pelo más negro que había visto en mi vida,
seguramente fuera descendiente de judíos. Hablando de historia, no entiendo
porque les caen tan mal a la gente los alemanes si Hitler era austriaco y si no iban
con él te gaseaban. Yo aprecio mi vida así que me iría con quién fuera para
preservarla. El odio genera más odio y por eso empiezan las guerras.
—…ah Colonia, allí fuimos de vacaciones un verano. Nos lo pasamos muy bien
pero hacía bastante frío, todo hay que decirlo.
Colonia es una región del noroeste, es bonito —sobre todo su catedral— pero la
comida no era buena, sólo el pastel de manzana o Apfelkuchen estaba bueno,
tanto que me comí cinco trozos y luego como era de esperar llegó el dolor de
barriga. Ya lo dice el dicho: de limpios y tragones están llenos los panteones.
—Hola familia, ya estamos en casa —Gritó Josh.
—Estamos en la cocina —comentó Tom bajando un tono la voz.
El pelirrojo portaba la maleta que había olvidado en la carpa del Drinking Park
con algo de ropa, poca pero algo es algo. Se me había olvidado, ella se llamaba
Frieda y también tenía un apellido que empieza por ese ce hache.
La mujer también trabajaba en el área de homicidios pero como secretaria.

—Getxa me contó lo que te pasó por eso te hemos venido a ver.
—Gracias, muy amable de su parte. Si me disculpa…
Sonreí y me fui hacia la habitación, Tom se iba a levantar pero un gesto del
pelirrojo bastó para que volviera a sentar el culo en la silla.
Una de las cosas que más odiaba era estar de pie, además de que la pierna
derecha me temblaba y amenazaba con tirarme al suelo, me dolía el brazo de
tanto usar las muletas.
A la hora de estar en pie ya empezaba a sentir que todo se movía, se me
aceleraba el corazón de mala manera y según Josh se me quedaba la cara como
la de Michael Jackson, blanca como la pared.
Aunque hablaba y estaba medianamente bien no me acordaba de cómo se
llamaba cajita en la que se oía música todo el día, me podía quedar con la boca
abierta viendo un triste árbol sin saber cómo se llamaba. Era triste pensar que a
mis casi sesenta años tenía que volver a aprender casi todo lo que había
aprendido hace tantos años. Triste pero así de dura es la vida.
El brazo «flojo» se contorsionó de mala manera y lo puse en su sitio de nuevo.
Volví a la cocina dónde Ann se había unido a los alemanes y a Tom.
Comí un gran trozo de pastel típico alemán que había preparado la mujer con
todo su cariño junto con una taza de chocolate, ya que no podía tomar café por las
pastillas para la cabeza. Mientras comía pude ver que Josh tenía un antebrazo
vendado, no le di más importancia hasta que me contaron que le pasó.
Cuando la barandilla cedió por la maldita licuefacción y caímos todos, Josh buscó
un sitio sin piedras y se lanzó de cabeza al mar, dándose un soberano golpe
contra una roca. Salvó a una chica que yacía bocabajo —pero murió horas más
tarde— y esperó hasta que llegó el helicóptero. En aquella maldita mañana
murieron cuatro personas reventadas por las piedras del barranco y hubo cinco
heridos de los cuales tres estaban en estado grave y uno muy grave, sí, el menda
aquí presente.
El alemán miró a Tom.
— Glenn ¿te gustaría volver al trabajo? —Me preguntó.
—Sí —contesté.
—Cuando estés mejor me llamas y te paso a buscar.
—No sé si voy a poder… hacer eso.
Sonreí y seguí comiendo el pastel, desmigajándolo con la mano buena, otra cosa
que me gustaba era que dejaran mi libertad intacta.
Si comía lo tenía que hacer yo y nadie más, por el accidente de Josh todos
estaban curtidos con estos temas, hasta el propio pelirrojo sabía cómo levantar a
una persona discapacitada como si fuera un profesional.

Di un sorbo al zumo y me alegré de estar en aquella casa, con mi familia, con el
hombre y la mujer de acento raro pero sobre todo sentía que estaba vivo. Los
alemanes se fueron casi al mismo tiempo que llegó Getxa, murmuró algo y se fue
a su habitación. Oí como se encendía el calentador, señal de que se estaba
duchando.
—Voy a calentarle la comida, parece rendido —comentó Ann.
—Es lo que tiene el trabajo de policía —añadió Tom.
Josh, al igual que casi toda mi familia era policía, digo era porque se jubiló a los
cuarenta y ocho años después de que le diera un broncoespasmo al ir tras de un
ladrón que según palabras textuales del propio Josh, corría como un cabrón. Es lo
que tiene ser un milagro médico, un tío que despertó de un estado vegetativo de
trescientos sesenta y ocho días y seis años después volvió a su trabajo.
— ¡Glenn! —Exclamó el vasco alzando la mano.
— ¿De verdad que no te molestamos? —Le preguntó Tom rascándose la nuca.
—Siempre he estado rodeado de gente, además estar solo en una casa tan
grande es aburridísimo.
Al dormir tenía que hacerlo bocarriba el mayor tiempo posible, el brazo malo
tenía que tenerlo estirado y me ponía una almohada para tenerlo más subido, la
cabeza siempre la tenía que tener girada hacia el lado paralizado y un poco
inclinada hacia el sano. En la parte baja siempre me ponían una almohada en la
cadera para elevarla y que no adoptara malas posturas.
—A dormir —comentó Tom.
Me ayudó a estirarme los dedos de la mano y cuando se dispuso a irse le agarré
del brazo con mi mano buena, que coño, me había acostumbrado a que se
quedara a dormir en el hospital noche sí, noche no.
Me miró.
— ¿Quieres que me quede a dormir?
—Sí.
—Vale, voy a buscar el pijama.
Movió la cabeza hacia los lados y por la elevación de sus mejillas pude saber
que estaba sonriendo. Volví a acostarme y me puse las almohadas como me había
enseñado Tom. No tardó nada en volver con su neceser y el pijama.
Después de ponerse el pijama apagó la luz.
Cerré los ojos y me quedé profundamente dormido aún con esa postura tan rara.
A cierta hora de la noche un tremendo estruendo me despertó, parecía que la casa
se iba a partir por el medio. Tom saltó de su cama y abrió la puerta.
—No salgáis de vuestros cuartos ¿entendido? —Gritó Getxa desde las escaleras
del piso de arriba.
—Si —gritó Ann, seguramente llorando.

Desde mi posición pude ver como la lámpara oscilaba a una velocidad de vértigo
hasta que se fue la luz. Oí un grito procedente de Ann.
—Dios mío…
La madera de la cama, el techo y las puertas crujían como si fueran de papel, en
el baño cayó algo que sonó como si fuera un bote de pastillas. Gracias a mi oído
desarrollado pude oír un «¿Por qué no para?» que le había preguntado Ann a Josh
que respondió «Yo qué coño sé.»
Tom me sonrió cuando pasó a mi lado.
—Ya está pasando ¿verdad?
—Seguro. —Mentí.
La cómoda dio un salto y el ruido se fue poco a poco hasta que todo quedó en un
silencio sepulcral, el tenso silencio que sigue a un terremoto de esa magnitud.
—Que susto, Dios mío. ¿Que sería ese estruendo?
Por la mañana supimos lo que pasó por las noticias, no hubo daños personales
pero el edificio veintiséis del Irish Park había caído culpa del temblor que fue de
fuerza V en la escala de Mercalli y siete con seis en la escala de Richter. Me
pegué toda la mañana llorando como un descosido.
—No entiendo nada ¿no estaban arreglando el edificio? —comentó Josh.
—Ya pero no resistió el embiste, menos mal que cayó en horizontal porque si
hubiera caído hacia los lados habría caído en la carpa del Irish Park. —expresó
Ann mojando la galleta en la leche.
Todos mis recuerdos y veinte años de mi vida reducidos a escombros, la gente
lloraba e intentaba encontrar algún recuerdo de entre los cascotes. Una mujer cayó
desmayada al ver lo que fue su piso por los suelos.
Yo estaba viendo la televisión mientras ellos hablaban de sus cosas, con este
segundo golpe podía percibir aún más las conversaciones. Me estaba convirtiendo
en un superhéroe con hemiparesia, ese pensamiento me hizo reír.
—Venga, nos vamos.
—No quiero ir, no estoy de ánimo para aguantar chorradas.
No quería hablar con nadie.


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