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Ombligo 23 Numero VII .pdf



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O
23

Codex Molecular
Año: XXIII, Nº: VII

OMBLIGO 23 - Codex Molecular - V

23OMBLIGO23ROTA23LVX23NOX23IAO23
AMN23MBLIGOO23ORAT23VXL23OXN23A
OI23MNA23BLIGOON23ATOR23XLV23XNO
23OIA23NAM23LIGOOM23IGOOMBL23G
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Codex perpetrado por los Tres Impostores (Facción Editorial)
Contacto y Suscripción: ombligomolecular@yahoo.com.ar
Ombligo23 recibe pedidos de suscripción a su Codex
Molecular en su dirección de e-mail.
El Codex Molecular de Ombligo23 solo es enviado vía e-mail (en formato.pdf),
a quienes así lo soliciten.
Los números pasados no serán subidos a web alguna, ni enviados vía e-mail,
una vez pasada su fecha de a-parición.
La suscripción es totalmente gratuita.
El contenido del Codex Molecular Ombligo23 puede ser utilizado
de manera total o parcial,
solicitando a quienes lo hagan sostengan la ética de dar a conocer
la identidad y origen de tal información.
http://ombligo23.blogspot.com

Ombligo 23 - Codex Molecular - no es una publicacion, es una aparición desincronizada - Copyleft XXIII
El contenido es de total responsabilidad de sus autores, no de quienes perpetraron el presente Codex

OMBLIGO 23 - Codex Molecular - V

CONTENIDO

1.O.23. PRIMERA FORMULA
por Diego Deaduriz
2.O.23. LA LENGUA DE LOS PAJAROS
por Elina Aurore
3.O.23. MUCHACHA GIBOSA. UTRIMQUE GIBBOSA
por Benvenuto Cellini
4.O.23. DELANDA DESESTRATIFICADO
OBSERVANDO LA LICUEFACCION DE MANUEL DELANDA
(Fragmentos) por Erika Davis
Traducido y Seleccionado
por Xeno Numantis
5.O.23. SEGUNDA FORMULA
por Diego Deaduriz
6.O.23. VIAJE A RELLENOLANDIA
Continuación de la Fenomenología de la Confitura
por Tulio Naz
7.O.23. DOS POEMAS
por Mor
8.O.23. TERCERA FORMULA
por Diego Deaduriz
9.O.23. NOSOTROS LOS BRUJOS
Selección - Adelanto del Libro
10.O.23. CUARTA FORMULA
por Diego Deaduriz

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OMBLIGO 23 - Codex Molecular - V

11.O.23. LA RISA
por Jean Duvignaud
12.O.23. SOPHIA EN EL CIELO CON DIAMANTES
Una apreciación sobre los Mitos Gnósticos
por Petrus Antonius
-Extraido desde Amanecer en el Santuario. Enseñanzas Gnósticas(Arreglado y Adaptado por el Autor en forma exclusiva para O.23)
13.O.23. QUINTA FORMULA
por Diego Deaduriz
14.O.23. LOS OTROS N
-Antología abierta de poemas anormalespor Domus Lescinia - Luczewski
15.O.23. VELAZQUEZ DESNUDADO POR DUCHAMPS MISMO,
TAL COMO FUERA EXPUESTO POR GOYENECHE INCLUSO
por Albo Ahílego
16.O.23. SEXTA FORMULA
por Diego Deaduriz
17.O.23. SOMBRERO DE BRUJAS II
Otro Hiedrario del Cultus Sabbati
por Las Tres Aliadas
Tini Timiki - Ula Selene - Ganganda Greida
18.O.23. VICTOR BRAUNER. EL MAGO
por Karlrebus
19.O.23. SEPTIMA FORMULA
por Diego Deaduriz

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OMBLIGO 23 - Codex Molecular - V

PRIMERA
FORMULA
por Diego Deaduriz

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OMBLIGO 23 - Codex Molecular - VII

LA LENGUA DE LOS PAJAROS1
Por Elina Aurore

La cerrada adoración al Libro se trastoca en cultos al seguimiento de las grammas, sea
a través de hechiceros, trovadores o artesanos, mientras esas grammas, con algo de suerte y
ajuste, se van tornando gramilla en las manos de quien las rota, rotula, pasto para una digestión
que devolverá una lengua de los pájaros, un argot, una lengua verde, patois, trobar clus, gaviot.
«Señales, flechas, signos, jaculatorias: el arte de lanzar pequeños dardos verbales» (escribe
Libertella en sus Sagradas Escrituras).
Singular cuestión, ya que toda un área planchada del esoterismo se caracteriza por lo
contrario: ese temor de los epígonos hacia El Libro y su lengua universal aunque cifrada: «Y
mientras el epígono o iniciado se sienta dueño secreto de los signos del autor, en ese sentimiento
comenzará justamente la verdadera historia de la oscuridad: no la que el texto significa, sino la
que liga al escrito con la lectura en un falso, confuso, contrato de propiedad. El esoterismo
viene dado por el respeto ideal (idealista) a las condiciones de ese contrato. Nadie se pierde
allí en el suelo de la escritura» (Héctor Libertella, íd.).
Anillo al dedo el que Libetella nos pasa al insinuar que nadie se pierde en ese suelo, ya
que hay un ojo de aguja del esoterismo por el que El Libro salta al pasto, es llevado al
seguimiento de unas huellas diseminadas que no preexisten al paseo, se diversifica justo al
momento en que al fin salimos del castillo: del terciario al cuaternario, directo al interior de la
Tierra, donde campesino y peregrino se arremangan realizando sus recolecciones junto al
brujo y el trovador, nuevos Empédocles hundiéndose profundamente en la Tierra, con el cráter
de la cabeza abierto. No habría metamorfosis hacia la visión sin este salto sobre el muro del
caballero de la capa (el templario Da Fogliano aparecido en un ensayo de Lezama), que en su
movimiento arrastra todo el lienzo a la busca de los animales, piedras y plantas del bosque
escenográfico, en la mismísima dirección del viento que levanta su manto.
Es a la vez que surge el deseo de esta salida y el vórtice de recolección que la concentra
(o la recolección como la primera tarea del filósofo, nos dice el brujo Whitehead), recogiendo
sub-tipos de imprenta o impresión que sub-hacen, sub-levan y sub-liman un suelo que se nos
revela como puro espesor de mina, espacio agujereado, galerías excavadas, cavidades
rocosas y paredes esculpidas cuyos anuncios viboreantes bajo la hierba ofrecen una primera
experiencia del hervidero numerante, terrestre, que aparece al momento de entrar en la
corriente (contemplación somática y subterránea de las grammas que ya no están ni adentro ni
afuera: única tela por la que se deslizan las filacterias en torrente sanguíneo).
Exageremos: no encontramos un solo itinerario extático, del más codificado al más
abierto, que no implique esta súbita proliferación de rúbricas y señales que parpadean al ras y
entre los árboles. Comparable al primer paseo con los primos del campo saliendo a recolectar
luciérnagas en los frascos. En el árbol, en la brizna, en el barro, en la liebre, hay flechas, dados,
nombres que nictilan. Es un extraño libro que no es el libro como imagen del mundo (semejanza
o reflejo), sino el que hace fibra nerviosa con la naturaleza, como tubérculo en trance que no
necesita del hombre ni de su escritura: crea por sí mismo el vaho de unos signos bajo los
alambres. Libro que deviene naturaleza a condición de sostener sus procesos de intermedialidad
sin fin, aún cuando se presienta el latido subterráneo y estelar de una usinación continua, de
marea muy alta o muy baja, que empieza a incubar su fermento. Ocurre entonces que ya no
leemos el texto sino las filigranas, los hilos, la textura del papel que lo sustenta. Ese momento

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es el de la aparición de otro libro que más que leerse se contempla. Es el libro de las
mutaciones, y es también el libro de la naturaleza aunque no en tanto registrada según la
gramática, sino en tanto habilita el pasaje directo a la contemplación de la materia en obra,
una alegre vigilia y muy efímera, de la natura naturante (o molecular). Libro-puerta con el que
sueñan su internación en la selva los niños que no leen ni duermen.
De allí que nosotras, las brujas, nos cuidemos de sobreimprimir al dulce mandato: «Lee
en el libro de la Naturaleza», cualquier cierre impreso por una maniobra demasiado humana
de modelización sintáctica. Porque si bien es cierto y conducente que en tiempos antiguos, a
las letras cósmicas se las llamó grammata (Johannes Stein), y que Novalis nos habla de
aquellos signos de escritura que se hallan sobre las alas de las mariposas, en los cálices de
las flores y en las figuras estelares, es cierto también que no lo leeremos desde una gramática
o sintaxis universal (sería deshonesto), sobre todo porque de esa sintaxis no se obtendría más
que la misma forma de respuesta adonde quiera que establezca el vinculum. Por eso leeremos
esas grammas a la manera de un argot hecho a base de irrupciones de fragmentos traídos de
todas partes: recolecciones transespaciales del patois forestal, hipersintaxis demoníaca que
nos mira un segundo y sigue. Lo que deja su estela fugaz es una criptografía, una escritura
perfectamente particular, cerrada y abierta a la vez, ya que ve en los repliegues de la materia
y lee en los pliegues del alma. Es otra vuelta de papel sobre la langue vert, como aquello que
juega con lo más «ouvert», abierto e incorporativo (proliferación de follaje), y con lo más
clausurado que sin embargo influye y penetra. Aunque habría que decir desde ahora escondido,
en el doble aspecto de aquello que se esconde como tesoro en lo profundo del bosque o de la
tierra, un cofre, al estilo de las acciones lúdicas e indagatorias de los niños, o a la manera de
aquello que está muy envuelto, como otra vez los niños saben envolver: a contralínea: arte de
invención de pliegues y acertijos para las cosas ocultas. Ahí tenemos el sencillo método por el
cual un cofrecito, un paquete, se convierten en un don: furoshiki, lo llaman los taoístas: paño
cuadrado que se envuelve girando los cuatro lados, que permite traslucir un tipo de percepción
envolvente, por pliegues, que no recorta (es la duración de Bergson). Y también es el artesano
que sigue el phylum maquínico de la naturaleza: ella misma va de los pequeños torbellinos a
las grandes turbas que los envuelven, más los intervalos cóncavos donde los torbellinos se
tocan. Así es como lo escondido remite menos a la oscuridad impuesta por un propietario
(suelo en el que nadie se pierde, decía Libertella), que a esa oscuridad placentaria mencionada
por Lezama, como entrega al y multiplicación del acto singular de incubación. El secreto por
contrato deriva en otro plano que el secreto por placenta. Ya que su clave no llega por la desgracia
de hacerse hombre sino por la gracia de devenir-niño: el niño devenido animal molecular,
embrionario, la iniciación al latido en el juego del cuarto oscuro, plagado de furoshikis
nictálopes.
Por fijación de filólogos se querrá empalmar gramática y grimorio gracias a una etimología
regalada; nosotras preferimos dejarlos ir por su propio peso a lugares bien distintos: de un
lado la gramática, hacia la fijación y los sistemas cerrados de una lengua que no hace más que
representar y plantear competencias; del otro el grimorio, la criptografía, el argot o la langue
vert, hacia el proceso y los sistemas abiertos de las lenguas vivas o verdes que plantean
acciones performáticas. En éstas el pedazo de corteza o raíz se aglutina a la partícula de
percepción que teleguía al signo: sellos y gestos dejando un rayón de luz que luego junciona y
orienta el todo, si hay suerte y entrega, hacia el anomal de la interzona al que llamaríamos el
hombre verde (y hasta ciertos caballeros verdes que circulan con su cabeza en la mano, como
los presencia Sir Gawain). Para nosotras grimorio se inclina más hacia arte gótico que hacia
gramática clásica, aun cuando se hayan dado a la vez históricamente durante la Edad Media
tardía. Que el grimorio implique una determinada forma de arreglar las grammata del
contacteísmo diabólico / angélico, no quita que le sobren escamas y perlas irregulares, restos

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bárbaros siempre más escondidos e insupervisables, como a una suerte de grylla gótica a la
que se le disparan brazos de las orejas, una cola del cuello y unas orejas del muslo, como las
que abundan en los salterios, tratados de gemas y maravillas y en los lapidarios. «Las crónicas
mencionan a menudo nacimientos acéfalos. En Wittenberg, en 1503, y en Leyden, el 13 de
Octubre de 1514, nacieron niños sin cabeza y con la nariz, ojos y boca sobre el pecho» (transcribe
Baltrusaitis en La edad media fantástica). ¿Pero no estamos ya ante la especialidad misma
de Hieronymus Bosch, emblema pictórico del argot y la criptografía vueltas naturaleza contranatura, por eso naturante?
Podríamos comparar la disposición de un grimorio, criptografía o jerga hermética, a
una diagramática de interacciones signos-materia-espíritus, gracias a la cual el signo siempre
se encuentra desbordado por la materia que lo agita 2. Estos dialectos operan por
espontaneidad de lo fragmentario y junción de fragmentos (gryllas multicéfalas, grotescos
trifrontes, genios gastrocéfalos): verdad de la continua variación de las grammas que mantran
lo sagrado, de donde la proliferación de dialectos y patois implica la alegría incorporativa del
experimenter con apetito de un Dios / Diosa agrestes, de taberna, o la preeminencia de las
divinidades de las disyunciones inclusivas en las antípodas de las exclusivas: «Y llevadme
hacia vosotros desde lugares sórdidos y ruinosos (...) Pues soy la honorable y la despreciable,
la prostituta y la respetable, la esposa y la virgen, soy los miembros de mi madre, la estéril, y la
que tiene muchos hijos»: El Trueno: la mente perfecta, texto gnóstico de Nag Hammadi. No
por nada ciertas sectas gnósticas, en el reverso de estas irrupciones inclusivas, vieron como
un escándalo de disyunción exclusiva a ese Dios del Antiguo Testamento que declara: «Yo soy
dios y no hay otro dios fuera de mí», y por lo tanto lo llamaran El Obstruído3.
Así, mientras la gramática avanzaba en universidades y monasterios como un órgano
de supervisión eclesiástica de lo enunciable, en las tabernas, en las lindes del castillo y los
bosques, en los hostales para peregrinos, en los laboratorios de alquimistas, surgían gaviots y
lenguas verdes, maneras de un arte de fuga que burlaba la sintaxis clerical impuesta a los
dialectos particulares de lo sagrado. Fulcanelli es uno de los que subraya enfáticamente este
linaje bastardo al adelantarnos con evidente simpatía al ebrio de nariz florida esculpido en
ciertos edificios medievales y renacentistas, sea en escenas sagradas o profanas, el mendigo
que escapa de la Corte de los Milagros con sus harapos y piojos, que algunos ponen en escena
a los pies de Cristo. A ellos les corresponde la transmisión o creación de ciertos estribillos
cifrados o alegóricos en un lenguaje que remeda el trobar clus bajo retruécanos populares,
estimulado por la abundancia digestiva de las tabernas. Escribe Fulcanelli: «Nosotros sabemos
que el nombre y la cosa se basan en la permutación de la forma por la luz, fuego o espíritu; al
menos éste es el sentido verdadero que indica la lengua de los Pájaros».
Permutar la forma por la luz es el arte de in-genio de los poetas-alquimistas, trovadores
y ebrios de nariz florida: se realiza en y por la luz de Genius, a través del espíritu que irrumpe en
la lengua y la torna lengua de fuego. Se logra una langue vert como destello de una nueva
fundación: la con-fusión inherente al momento larval y a la vez dividual (individuación no personal
sino trans-géneros e inter-especies) del entendimento, comprensión fundida y fundada a su
fondo metalúrgico. El trobar clus parte de esta fundación como fundición subterránea y secreta:
es el poetizar hermético con sentido escondido, pero siempre con giro humorístico o paródico,
bloque menos agarrado a la sofisticación culta que al ornato bárbaro y nómade. Esta oscuridad
no sólo la constatamos en Heráclito, el Oscuro, que sería una versión más «próxima» y hasta
«civil», sino en la poesía vikinga de los Skaldas con sus abstrusos kenningar, en donde lo
demasiado claro pasa como falta de técnica. Nada que venga de las grammas sacras, extáticas
o mágicas, puede plantearse sino en términos leibnizianos: en el extrarradio de todo lo claro y
distinto, las percepciones claro-confusas o distinto-oscuras: el claroscuro vuelto concepto y

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percepto. Conflicto que se plantea de manera emblemática en ese Descartes llevado al medio
del Amazonas por el pulso magistralmente claro-confuso de Paulo Leminsky en su novela
Catatau. Se trata, literalmente, de una presión atmosférica como entrevimos en Turner, el
ejecutor de las apercepciones leibnizianas. «La atmósfera nos embruja gracias a una naturaleza
vuelta completamente fluida», afirma Huysmans a propósito de Turner. Su borrosidad no es
una deficiencia de enfoque sino la exigencia de una visión más precisa. Juego de montaje
entre lo elemental y alegórico, tal como el planteado por nuestras grammatas llevadas a pastar.
Pero estábamos hace un momento en la lengua de fuego que se cocina en el athanor
del fabbro4. Tal vez estemos paseando por los bautismos por fuego y agua de los adeptos. Y ya
que subimos esta palabra, aprovechamos para bajar de nuevo a Jean-Julien Champagne (alias
Fulcanelli), y que aporte sus inspiradas definiciones fuera de receta: «Según el sentido de la
palabra latina adeptus, el alquimista ha recibido el Presente, que en el juego cabalístico de la
doble acepción subraya que goza desde entonces de la infinita duración de lo Actual».
Tenemos la sospecha de que Jean-Julien asistió, como pintor de profesión y alquimista
natal, a los seminarios de Bergson en La Sorbona, o bien estaba muy al tanto de su filosofía.
Nosotras jamás leímos una definición de adepto en ese botánico estilo bergsoniano. La gran
ventaja de Jean-Julien consiste en no sumarse a la conspiración de los imitadores que trasladan
definiciones de glosario bajo horticultura de la pereza. En lo que se refiere al complejísimo
glosario alquímico no calca, y de allí que resulten ser visiblemente novedosas y auto-consistentes.
Esto se percibe en otras ocasiones que también nos captaron: su definición de la alquimia
desde el griego (ya que Fulcanelli apuesta por un origen pelasgo del francés, no latino, de
donde surgirá su rastreo de la terminología alquímica francesa en el griego), y nos dice al
respecto: «Diríamos que la cábala fonética reconoce un estrecho parentesco entre las palabras
griegas Xeimeia, Xumeia y Xeuma, significando lo que discurre, mana, fluye, e indica
particularmente al metal fundido, la fusión en sí misma».
Esta límpida caracterización de la alquimia sin referencias glosadas, nos da mucha
cuerda para atrás y para adelante, en lo más próximo. En primer lugar porque nos remite a las
grammas extra-gramaticales del dialecto grimorial (el dialecto grial anda cerca), según lo
veníamos tanteando: patois como destello de una nueva fundición poética: el momento larval y
a la vez dividual del entendimento, la chispa de comprensión fundida a su embriogénesis,
arrastrándola consigo a su fondo blanco, espermático. A la vez esta fundición emite unos finísimos
hilillos dimanadores hacia el mundo, hebras de lava a través de cribas diminutas (vitraux,
caleidoscopio), de donde el argot es este manar de la línea fluxuosa que con-funde para
mejor fundar la contemplación en las fundiciones, por obra de capilares emisiones que evitan
las claridades sin conducción ni atmósfera. El hermetismo cumplimenta esta paradoja monádica
y barroca: es a la vez lo más cerrado y lo más excedido, lo más clausurado y lo más abierto, ya
que cumple simultáneamente con una clausura de mónada y con una diagramática hacia el
mundo que implica la potenciación de interacciones heteromorfas, tomando de cuantas series
sea capaz a la vez. Así es como el trovador toca unas cuerdas sinuosas que las funde a su
Presente o don, que, en su goce actual de la infinita duración, lo vuelve un adepto del goce o
del joi5: adquisición de la boca y ano abiertos, aún cuando el pneuma cardial permanezca
sellado en sus fundiciones metalúrgicas, los manantiales dis-cursivos de las fibras de universo
se abren hacia afuera-adentro a través de las retículas coloreadas, cribadas, de los poros
abiertos, heridos o floridos6. El ebrio de nariz florida, entonces, como el personaje rítmico
capaz de tomar la posta del poro y el esfínter vuelto flor.
Antes de concluir con mi horilla de hoy, nos quedaría extraer lo mejor de Jean-Julien: su
caracterización igualmente singular y hespéride de la cábala como lengua de los pájaros.

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