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CABALLERO DEL MAR TEXTO COMPLETO 3200 PALABRAS (1) .pdf



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DNI: 05.320.046
AUTOR: EUGENIO PANTALEON ROGERS
DOMICILIO: SICILIA N° 4543
TEL. CELULAR: 2234376397
TEL. FIJO: (0223) 4804157
CORREO ELECTRONICO: artesano-rogers@hotmail.com
cecilia_rogers@hotmail.com
FECHA DE NACIMIENTO: 27/07/1940
TITULO DE LA OBRA: “EL CABALLERO DEL MAR”

EL CABALLERO DEL MAR

Hace casi tres años, recalé tímidamente en el Paseo de la Banquina. Era
sábado; mediodía de un octubre cálido y numerosos turistas recorrían el lugar.
No había llegado de casualidad, sino en busca de un lugar donde
prolongar mi actividad como artesano.
Busqué y encontré uno de los bancos de cemento; después de
improvisar mi mesa de trabajo, acomodé las herramientas, exhibí los trabajos
que tenía terminados y comencé a darle forma a un pedazo de madera.
La reacción de la gente no se hizo esperar. Pronto me vi rodeado por un
pequeño grupo de personas que me observaban con modesta curiosidad.
Alguien preguntó- ¿Qué madera utiliza para tallar?
-Normalmente madera dura y algunas más maleables como raulí o el cedro.
-¿los vende?
-No.
-De nuevo preguntó- ¿por qué razón?
-En primer lugar no tengo autorización para hacerlo; éste es un espacio
privado.
-Mi objetivo no es comercial. Estas modestas artesanías me permiten tener
un intercambio cultural con las personas que recorren el lugar; la mayoría,
turistas de distintos lugares del país y del mundo.
Como el tallado en madera artesanal es una práctica que se va
perdiendo, los viejos artesanos nos vamos convirtiendo en una especie casi en
extinción.
Muchas personas sienten curiosidad por conocer esta práctica y sobre
todo los niños que son los más curiosos: mis críticos preferidos. Ellos son
auténticos.

Por eso le aclaro - proseguí- antes que comerciante, soy artesano. No
me mueve el interés por vender mis trabajos.
Hoy no es tan importante el dinero para mí. Es suficiente si tengo para
cubrir mis necesidades básicas.
Hoy quiero enriquecerme de tiempo; ser dueño de ese enorme tesoro,
cuidarlo; que no se escape.
Lo necesito para liberar mi espíritu y dejarlo volar; llenarlo de pasión y
sentir vibrar el alma cuando la gubia busca entre las vetas, el corazón de la
madera.
Quiero morir creyendo que el tiempo me lo he ganado y que un pedacito
de este espacio me pertenece. Quiero ser parte del paisaje, porque pertenezco
al puerto.
Aquí, en esta banquina, hace casi 60 años tuve mi bautismo de sal,
cuando me subí por primera a una lancha pesquera.
Fue el comienzo de un largo viaje que duró más de veinticinco años.
El destino me trajo de nuevo aquí, en un viaje por el tiempo, a
reencontrarme con los viejos olores a puerto y el paisaje inolvidable de la
banquina.
Aunque no tiene el esplendor de otros tiempos, siempre conserva su
encanto, decorada con un puñadito de viejas lanchitas amarillas que se
balancean aburridas, amarradas al muelle, que envejece casi en silencio.
Las gaviotas parecen ser las mismas que revolotean; algunas asentadas
en alguna vita oxidada; otras, escudriñando el horizonte desde lo alto del palo
de alguna embarcación.
El eco de una alegre tarantela y las voces de viejos pescadores en
distintos dialectos resuenan lejanas, en mis oídos, como dulce reminiscencia
de tiempos lejanos.
Hoy estoy aquí, ocupando este pequeño espacio gracias a la buena
voluntad de autoridades del Consorcio Portuario, de los puesteros que me

permitieron integrarme al grupo que lucha por resguardar la historia y las
costumbres de uno de los lugares más tradicionales de la ciudad.
Para hacer un pequeño aporte, tratare de tallar en un gran tronco de
quebracho, la imagen del legendario capitán pescador, conocido como “Popa”,
cuyo verdadero nombre era Nicolás Assaro.
Popa era el mayor de tres hermanos, hijos de una familia de inmigrantes
italianos que llegaron a estas tierras, huyendo de los horrores de la guerra.
Era apenas un niño cuando Nicolás, decidió dejar la escuela y seguir las
huellas de su padre. Cuentan que una mañana, se levantó bien temprano; fue a
la banquina; subió a la lancha; se escondió en la popa y apareció en cubierta,
cuando lancha ya estaba mar adentro.
A partir de ese día, todos lo llamaron “Popa”.
La imagen de Popa tomó su verdadera dimensión cuando afloró su
espíritu solidario, su audacia y sus “agallas”, al poner en riesgo su vida y la de
sus tripulantes para rescatar a seis pescadores de una embarcación que
naufragó en medio de una gran tormenta a 20 millas del faro de Claromecó.
Ese fue uno de los siete u ocho salvatajes que quedaron registrados en
su cuaderno de bitácora.
Con los testimonios de familiares, amigos y de viejos pescadores,
trataré de armar por dentro y fuera, la imagen de Popa. Será el comienzo de un
hermoso sueño.
Consciente de la responsabilidad que asumo, pondré toda mi pasión y le
exigiré a mis viejos brazos el mayor esfuerzo, poniendo el alma en cada golpe.
Escribiré con la gubia un pedazo de historia, para que el tiempo no
borre el misterio de la estela blanca que dibujaba la proa de su barco.
Un hermoso tronco de quebracho de 1 metro veinte de alto y cuarenta y
cinco cm. de diámetro, estará listo para tallarlo.
…Tal vez la historia tenía reservado un lugar para vos – pensé. Trataré
de convertirte en la imagen de “Popa”, para que su recuerdo viva en vos
para siempre. Volcaré toda mi pasión, sintiendo la emoción y la alegría al

inundarme por dentro, cuando la gubia vaya abriendo surcos en la madera,
buscando la forma de su rostro mostrando su sonrisa buena; su nariz medio
achatada; su cara marcada con cicatrices de soles y sal; su cabello alborotado
y castigado por los vientos; algunas arrugas abriéndose camino en su cuello y
en sus ojos entornados, asomándose el alma con expresión humilde y pura y
su temperamento templado en sufrimiento.
…Y ahora que tienes el alma de Popa alojada en tus entrañas, quiero
decirte: ¿Sabes? , te pareces mucho a él. Eres tan noble y tan fuerte que
ningún viento pudo doblegarte. Si hasta tienes el mismo color oscuro de su
piel. Claro que el color se lo dieron los soles, los vientos y las brisas de
espuma y sal. En cambio, tu color lo tomaste de las entrañas de la tierra. El
torrente de sangre de tanino que corría por dentro también era rojo .
…¿sabes?. Es posible que seas mucho mayor que él. Tal vez tengas más
de ciento veinte años. Se nota en tus arrugas que parecen heridas abiertas por
el tiempo.
…Bueno, bueno. Ahora te pido perdón porque voy a separarte en dos.
Será como tener un hermano. Tal vez sientas dolor cuando la herramienta
penetre en tu cuerpo. Aunque sé que no vas a derramar lagrima alguna,
aunque te duela.
.

Ha transcurrido casi un año. Y, ¡mirá! Te he convertido en una
escultura de 16 kilos.
La imagen de Popa está brillando en la superficie del quebracho y me
representa el brillo de una estrella y los destellos de un faro. Será tu huella en
el tiempo y mi huella al desandar la historia de un salvataje con el viejo
“Popa”, como principal protagonista.
Esta historia me fue narrada por su hermano Humberto o Filiberto,
como lo llamaban.
“Fue en abril del año 1974. Estábamos a la capa, desde hacía más de
treinta horas, sorprendidos por una gran tormenta que en esos momentos

estaba en pleno apogeo. Los vientos clavados del sudeste superaban los 130
kilómetros por hora, según informaba el Servicio Meteorológico.
Parecía “La tormenta perfecta”, comentaba Filiberto.
Las olas se abalanzaban furiosas sobre la proa del “Fe en Pesca”, que
subía a la cresta y bajaba rítmicamente, como si danzara sobre el agua. Era
un barco muy marino.
Entré a mi guardia a las tres y me aferré al timón tratando de mantener
el rumbo. Mantenía las ventanillas abiertas para tener mayor visibilidad y
mantenerme alerta con los ojos
bien abiertos, girando la cabeza
permanentemente de babor a estribor. Trataba de mantener la proa al viento,
aunque los golpes de marejada eran bastante seguidos. Algunos eran tan
fuertes que hacían vibrar toda la estructura de la embarcación y a veces, lo
dejaba de mascón. De todas formas, el barco gobernaba bien aunque nunca lo
habíamos visto en tan tremenda tormenta.
Por momentos me inquietaba un poco y a la vez, me tranquilizaba la
confiabilidad del barco que tanto conocíamos. Hacía unos cuantos años que
estábamos embarcados en él. Su principal antecedente era haber sido
construido en el Astillero de un grande del puerto: Don Federico Contessi.
Fue el último barco de madera construido en su astillero.
El “Fe en Pesca” estaba al mando de mi hermano Popa.
Popa era en realidad, una persona muy segura y de fuertes
convicciones. Dueño de una gran sabiduría y un caudal invalorable de
conocimientos adquiridos y muchos secretos que le fue robando al mar en su
larga trayectoria como pescador. Era el hilo conductor que transmitía en
forma natural, alegría y confianza a toda la gente de la cual era responsable.
De manera que nosotros, con él, trabajábamos contentos y dormíamos
tranquilos.
De pronto, siguió diciendo Filiberto:- Giré la cabeza hacia la banda de
estribor y alcancé a divisar en medio del oleaje lo que parecía ser el palo
mayor de una embarcación. Me quedé con la mirada fija en ese punto y de
repente apareció sobre la cresta de una ola gigante, toda la estructura de una

embarcación pintada de amarillo. Sin soltar el timón, llamé a Popa que se
había tirado a descansar un rato.
¡He Popa! Vení. Fíjate. Me pareció ver un barquito sobre la banda de
estribor.
Tomó los binoculares y se asomó a la ventanilla. Estuvo un rato
observando. De pronto se dio vuelta y me dijo:- Fili ¿qué viste’? Estás viendo
visiones. No creo que haya barcos en esta zona y menos, de media altura. Y
con este temporal ¿te imaginás?
Ahí lo tenés- Le dije.
¡Mira! Tenías razón. Arrímate despacio. Vamos a ver qué barco es.
¡Es el “Don Juan”!- dijo Popa. ¿Qué hace en esta zona? - mientras
tomaba el micrófono para comunicarse con el patrón.
-Hola, Tito ¿Cómo están? ¿Algún problema? Estamos detrás de ustedes.
¿Podés vernos?
-Ahora sí. Sí. Tenemos mucha agua en la sentina y en la bodega. Las
bombas no dan abasto Tenemos una tabla floja y está haciendo bastante agua,
dijo el patrón del “Don Juan”
-¿Qué pensás hacer? - preguntó Popa,
-Yo no quería abandonar el barco- dijo Tito.
Mirá que estamos en el ojo de la tormenta. El viento está soplando muy
fuerte y yo creo que hasta mañana nova a amainar. Tratá de poner a salvo la
gente.
Así que si vamos a hacer algo, hagámoslo ya. No hay tiempo que
perder. Todavía quedan dos horas de sol y de noche no tenemos ninguna
posibilidad de hacer maniobras
Fondeá el ancla y quédate de chiato ¡tené cuidado!
Ahora me voy a arrimar, dijo Popa.
La tripulación nuestra se puso a son de mar para iniciar la tarea de
rescate

-Tratá de pasarme el cabo y arrojá la balsa. Abandonen el barco que
nosotros los vamos a ir recogiendo- ordenó Popa.
Cuando la balsa estuvo en el agua, Tito gritó: ¡Vamos abandonar el
barco! Fíjense que estén todos, vamos a tirar la balsa con mucho cuidado.
….Fue el momento de mayor tensión, comentaba el capitán Tito.
Estábamos muy nerviosos y algunos, muy asustados. Son esos momentos en
que se tiene esa extraña sensación de miedo extremo, al punto de quedarnos
paralizados, sin poder mover algunas partes del cuerpo. Sentir que vas
perdiendo la esperanza; que la fe se va quebrantando y las fuerzas te
abandonan. Estar en el punto límite de la vida y la muerte. En estas
circunstancias podemos medir nuestro temple y nuestro coraje y saber hasta
qué punto nuestro instinto de conservación está desarrollado cuando se trata
de salvar el pellejo….
Cuando todos los tripulantes estuvieron sobre la balsa, comenzamos a
tirar del cabo tratando de llevarla al costado de nuestro barco. El oleaje no nos
daba tregua. Fracasamos en los dos primeros intentos hasta que logramos
amarrar la balsa al costado.
Entonces sí, siguió diciendo Filiberto, mientras iba recordando con
emoción esos dramáticos momentos. Popa con el temple que le conocíamos,
dirigía la maniobra, dando órdenes desde el puente, tan sereno como siempre.
Al primero que agarré, cuando la balsa estuvo a la altura de la borda,
fue a Roberto. Mientras José agarraba de la mano a Pablo, yo me preparaba
para subir al maquinista, cuando de repente, una ola me golpeo violentamente
contra el palo mayor. Quedé flotando en cubierta y alcancé a manotear un
cabo y pude levantarme. Estaba mareado y aturdido por el golpe; tenía la cara
lastimada y sangraba bastante. Pero me recuperé enseguida y volví a mi
puesto. Aún quedaban tres náufragos en la balsa.
De pronto, un golpe de mar rompió la cornamusa y la balsa quedó al
garete. Veíamos angustiados y azorados como rápidamente se separaba del
barco. Pensé que iba a ser muy difícil rescatarlos. Escuchábamos los gritos
desesperados de los muchachos; cada minuto parecía una eternidad. Cuando

ya todo parecía perdido, apareció la mano de Dios y el temple y la serenidad
de Popa para sacarnos de esa difícil situación.
Por suerte aún quedaba una hora de luz y los podíamos ver. Entonces
Popa puso maquina muy despacio y se fue arrimando hasta que pudimos
pasarle un cabo y arrimarlo nuevamente al costado para rescatar a los dos
últimos marineros y al capitán, que fue el último en subir.
Los nueve náufragos estaban a bordo, sanos y salvos. La operación de
rescate había finalizado con éxito. Popa puso media máquina y el barco
empezó a moverse lentamente con la proa al viento para seguir capeando.
Después de ponerse ropa seca y tomar algo caliente, el capitán Tito
Sultano subió al puente, aún shockeado. Todos estaban a salvo, pero él había
perdido su barco y para un capitán ello se trata de una pérdida difícil de
superar.
Popa se asomó a la ventanilla. Al verlo, se acercó y se estrecharon en
un gran abrazo, casi fraterno, con su compañero y entrañable amigo, sin decir
nada. Lágrimas de emoción y gratitud rodaron por las mejillas del valiente
capitán. Cuando por fin pudo hablar, con voz quebrada dijo:- Gracias capitán
Popa; gracias querido amigo por salvarnos la vida. Jamás olvidaremos este
gesto.
Más tarde comentaba Tito.
… Me asomé a la ventanilla y alcancé a ver por última vez la figura del
Don Juan, que abandonado y sin rumbo se debatía vapuleado sin piedad por
las enormes olas; era el comienzo del fin para el viejo barco. Tuve una extraña
sensación: fue como ver morir a un amigo. Aunque el Don Juan no era nada
más que un barco de madera, el marino de raza sabe que no es sólo eso. Sentí
mucha tristeza; era un gran barco y yo estaba muy acostumbrado a él. Hacía
bastante tiempo que estaba embarcado como patrón y más que una
tripulación, tenía un grupo de amigos.
Pero todo ya es historia y ahí una lagrima se quedó detenida junto con
el recuerdo de los dramáticos momentos que vivimos durante el rescate;
perduraran por siempre en mi memoria, como la imagen del Don Juan, cuando
ya sólo era apenas un puntito negro antes de perderse para siempre en el


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