MonteJurra Num 36 Abril 1968.pdf


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separables. Si el rey «se hace», ya
no es monarquía, es otra cosa. Por
eso aún cuando la Ley Orgánica
teóricamente quiera, como omitir
el pasado, para inaugurar u n nuevo
régimen monárquico de propio derecho, no puede sin embargo prescindir de la ascendencia histórica
y hace referencia expresa a la dinastía, a la «estirpre regia» del que
haya de ser elegido, a lo q u e n o
puede improvisarse en la institución.
Así pues es m u y interesante estudiar esa estirpe, la trayectoria d e
la dinastía d e los presuntos candidatos, en orden a su conducta respecto a esos elementos cuya continuidad se quiere salvaguardar.
H o y que tanto se usa y abusa del
«curriculum vitae», n o puede extrañarse nadie que le d e m o s capital
importancia en cuestión t a n decisiva. El informe, la referencia es
algo de lo que no se prescinde e n
ningún asunto serio. Nadie se casa,
se asocia, se compromete, con persona que no tenga bien acreditada
su solvencia para el fin perseguido. Mucho más lo hemos de exigir
en relación a la Patria.
Y quién presenta una limpia ascendencia, u n a conducta clara, una
ejecutoria d e méritos, está deseando que se los ponga en contraste.
Sólo los q u e tienen algo que ocultar, no gustan de que se abra la
historia.
Bajo el título «Monarquía instrumental», en el n.° 13 de MONT E J U R R A , m o s t r é una d e las caras
de la m o n e d a . Voy a hacerlo ahora
con la otra.

DINASTÍA
NSOBORNABLE

vención d e la institución monárquica.

Pero D. Carlos era u n h o m b r e d e
h o n o r ; ostentaba su derecho al trono, como u n deber, no como u n a
ambición y rechazó la propuesta q u e
a otros hubiera hecho caer en la
tentación. Si él aceptaba la regencia sería para defender a su sobrina,
no para destronarla; pero n o podía reconocerla como reina. Perdía
una oportunidad h u m a n a cierta, pero enseñaba la nobleza de las conductas h o n r a d a s . Al argüírsele con
los males de una guerra civil resp o n d í a : la culpa será vuestra si
conculcáis el d e r e c h o ; ni mi confesor en la tierra, ni Dios en el cielo, me perdonarían u n a renuncia
culpable. Y después de lo q u e había hecho, nadie podía d u d a r d e la
sinceridad de sus palabras.

Pero la m o n a r q u í a n o es una
idea abstracta, como la república,
sino que sólo puede concebirse encarnada en el elemento personal
del rey. De aquí q u e los conceptos
de monarquía y dinastía, sean in-

Como tampoco de la d e su conducta posterior. Desterrado después
en Portugal, no alzó bandera, n i
consintió a sus partidarios que lo
hicieran mientras vivió F e r n a n d o
VII,
el rey legítimo. Esta d e m o r a

ESCRIBE

RAIMUNDO
DE

La gran preocupación política actual es la de la genuinidad y permanencia de los principios espontáneamente sentidos por la sociedad
española el 18 de Julio de 1936 y
que pudieran perderse en una conyuntura adversa. Esta es también la
esperanza de contrario y para salirle al paso se ha establecido la pre-

C u a n d o F e r n a n d o VII promulgó
la Pragmática Sanción, que arrebataba contra todo derecho a su hermano D. Carlos María Isidro el trono de España, ante la inminencia
de la m u e r t e del r e y y los temores de u n a guerra civil, Dña. María Cristina invita a su cuñado para
que asuma la regencia de Isabel II.
Siendo como era el pueblo en su t o talidad carlista y sólo opuestos algunos militares y ministros, la oferta significaba el darle el poder, tener el triunfo en sus manos. A Don
Carlos, regente, le hubiese sido m u y
sencillo, sustituir a los desafectos
por partidarios y dar un golpe d e
Estado seguro e incruento. Acciones como esta, han pasado a la
historia como maniobras de hábiles
políticos.

MIGUEL

de tres años perjudicó enormemente el éxito de su causa, ya que dio
lugar al relevo en los puestos de
mando de los carlistas, la desarticulación de éstos y la preparación
del Gobierno para la lucha. Pero
consecuente con sus principios, no
quiso levantarse en armas contra
su rey, a pesar de la conculcación
de sus derechos.
A F e r n a n d o VII le decía desde
el destierro d e Lisboa, cuando le
invitaba a jurar como Princesa de
Asturias a Isabel I I : «¡ Cuánto desearía poder h a c e r l o ! Debes creerm e pues m e conoces y hablo de
corazón... pero mi conciencia y mi
honor no me lo permiten».
Así inauguraba Carlos V u n a política inusitada, algo que no comprenderán jamás los pramáticos y
los adoradores del éxito, pero que
hemos recogido quienes creemos en
la nobleza de la dedicación a la actividad pública: la de la conciencia
y la del honor.
Y esta ha sido la n o r m a de actuación de la Dinastía carlista; el
servicio a una m u y definida escala de valores. Es sospecha m u y difundida, q u e la guerra de 1859 contra Marruecos fue provocada para
evitar una temida sublevación carlista. Estaba bien seguro el Gobierno de que lo que para otros grupos políticos hubiera servido de
gran o p o r t u n i d a d para distraer al
Ejército, significaba frente al Carlismo u n eficaz m u r o de contención,
al ver comprometida a su patria en
u n conflicto exterior.
Como no hay cosa más monótona que la historia, en Carlos VII
nos encontramos con parecidos episodios. En plena guerra civil, 1875,
surge el t e m o r de u n conflicto militar con los EE. U U . por la cuestión de Cuba. ¡Magnífica ocasión
para el otro beligerante! Sin embargo, D. Carlos se dirige a Alfonso X I I y espontáneamente le anima
a que n o decline el h o n o r d e España, p o r t e m o r a u n ataque de las
fuerzas carlistas; él, le ofrece firmar una tregua el mismo día en que
comience la guerra exterior y ya
que no puede combatir su Ejército
en Cuba, armará en corso sus barcos para hacer la guerra en el m a r
al americano.
A n t e s d e la guerra civil, P r i m había ofrecido la corona de España
a Carlos VII. Este hubiera p o d i d o
ser Rey, mejor que lo fue A m a d e o
de Saboya; n o tenía más que acept a r nominalmente la revolución,
luego —así se le insinuaba— podía
como rey hacer lo que quisiera. Pero h o m b r e de honor, no b u s c a d o r
d e provechos personales, n o podía
jurar defender aquella Constitución
septembrina que su conciencia rechazaba. Y declinó el ofrecimiento.
Y no hacía m u c h o tiempo q u e en
cumplimiento de u n penoso deber
de Príncipe, n o había tenido reparo alguno en reivindicar de su padre D. Juan, la jefatura de la Dinastía saltando sobre el mismo, por
haber a b a n d o n a d o éste, los principios doctrinales del Carlismo.
En el destierro, en París, Isabel
II le hace la misma proposición que
en ocasión parecida, vimos que M .
Cristina hizo a su a b u e l o : Que admita ser regente de Alfonso XII.
Carlos VII c o n t e s t ó : «Si yo fuese
tu cuñado Montpensier aceptaba
desde luego, pues estaba seguro de
a