MonteJurra Num 36 Abril 1968.pdf


Preview of PDF document montejurra-num-36-abril-1968.pdf

Page 1...4 5 67840

Text preview


ser el rey a los dos m e s e s ; pero
como soy caballero no puedo ni
hablar de eso».
Pasemos a tiempos más próximos
y hasta estos que tocamos con la
mano.
Es historia sabida, pero que no
está d e m á s recordar, como la
preparación del Alzamiento y la decisiva participación del Requeté en
el mismo, se hizo con total desinterés y desprendimiento. A pesar de
la directa y personal intervención
de la Dinastía en el asunto (D. Alfonso Carlos y D. Javier) la o r d e n
se dio para sublevarse por Dios y
por España, haciendo abstracción de
régimen y de personas, confiando
en que Dios premiaría esta generosidad cuando la cuestión d e su
planteamiento fuese oportuna. Los
únicos puntos de insistencia en las
conversaciones previas, no fueron
partidistas: implantación de la band e r a nacional (patrimonio d e todos los españoles) y disolución d e
los partidos políticos, incluida la
Comunión tradicionalista.
Nadie podrá negar tampoco que
esa generosidad de propósitos, de
esfuerzos y d e conducta, no fue correspondida; que el aire se enrareció alrededor del Carlismo, al que
se rodeó de una capa de silencio
para separarle de la sociedad española a la que había contribuido a
salvar. Que mientras se perfilaban
molestas preferencias hacia otro lad o , sobre la Dinastía aún pesan las
sanciones políticas que la revolución iiberal le impusiera en 1835 y
ratificara en 1 8 7 5 .
Y sin embargo, nuestros príncipes
no han declinado a complacencias a
las que la situación de despego con
que han sido tratados podría empujarles; m u y en contraste con
otras posturas de impaciencia, a
pesar de las distinciones oficiales.
Es más, cuando con motivo del
último referéndum, parece que podía ponerse en litigio pacífico el
resultado de lo ya decidido p o r las
armas, D. Javier de Borbón, n o se
refugió en la ambigua postura del
silencio, sino que se pronunció con
la misma decisión con la que el 18
de Julio de 1936, firmó la o r d e n de
movilización del Requeté. Y también sin condiciones, ni esperanzas
de que se reconozca el gesto.
El matrimonio de D. Carlos y
Doña Irene, buena circunstancia para la evasión de un deber penoso,
subraya la decisión de entrega de
la Dinastía al servicio de España,
con renunciamiento y sin apetencias personales.
Esta es su ejecutoria. Así se presenta ante España la Dinastía que
por eso ha sido llamada Insobornable. Cuando lo que se plantea es
la lealtad a unos principios, la seguridad en la continuación de u n a
conducta, puede uno fiarse d e quienes las han m a n t e n i d o integérrimas
en la adversidad, con entereza y
gallardía paradigmáticas.
Los juramentos obligados, como
expedientes de última hora, están
muy desacreditados en política desde que Enrique IV se inventó aquello de París bien vale una misa.
Lo que es verdaderamente sólido
y efectivo son las obras, que n o necesitan de solemnidades para que
sean creídas.

El sufrimiento moral de C
«Entonces fue Jesús con ellos al
lugar llamado Getsemaní y dijo a
sus discípulos: "Sentaos aquí mientras voy allí a orar", y habiendo tomado consigo a Pedro y a los dos
hijos del Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces
les dijo: Mi alma está en una tristeza mortal; esperad aquí y velad
conmigo». (Mateo 26, 36-38).
El monte Olívete distaba poco en
realidad del Cenáculo. El Camino a
la Cruz comenzaba prácticamente
en esa noche templada en el huerto
de los Olivos. El camino era de audacia, de violencia, de entrega personal. Jesús avanza decidido al pórtico de la Gran Tragedia, entra por
la puerta grande, con la cabeza bien
alta, en el broche de su maravillosa
acción salvadora. Comienza con pasos pausados el fin de la Redención.
Va a padecer porque se avecina
su muerte física como Hombre,
también porque todos le abandonan. La valentía de sus seguidores
caerá por tierra. La Fe del que ha
hecho milagros y ha hablado en
nombre del Padre quedará deshecha al primer toque de alarma. Pedro, el que dice que, aun en el caso
de que todos le abandonen, él no le
abandonará, es el primero en dar
ejemplo, le abandona. El hombre de
confianza —piedra de la Iglesia suya—, huye, le niega, tiene miedo.
Cristo sufre de antemano.
El huerto era llamado el «octavo
y fértil», por la situación, en distancia y calidad, de Jerusalén. Las
parcelas de terreno estaban señaladas. Fértil iba a ser el fruto de
sus árboles. «Yo soy la Vid»... decía Cristo en una de sus parábolas,
la Vid parecía querer arraigar en
Getsemaní. Los sarmientos comenzarían a crecer en profundidad.
Jesús recordaría, seguro, aquel
otro huerto-jardín del Paraíso Terrenal, fruto del primer pecado y
lo compararía con el fruto del perdón y la Redención. El simbolismo
que representa Monte Olivete parece estar claro. Mas en Cristo reinaba la angustia de la debilidad humana.
«Y habiendo tomado consigo a
Pedro y a los dos hijos del Zebedeo...».
Los testigos de la gloriosa y triunfante Transfiguración de Cristo van
a ser testigos de la pena y fragilidad del cuerpo humano del Salvador. La frente de Jesús comenzaba
a palidecer, la sonrisa dejaba de
notarse. Cristo presentía esencialmente el comienzo de su Pasión.
El inicio de nuestra Traición. Pedro
sería testigo de excepción en cuanto iba a ejercer el fundamento de
la comunidad eclesial. Los detalles
en la Fe del Señor no debían faltarle.
«Mi alma está triste hasta la
muerte; quedaos aquí y velad conmigo». (De los Evangelios de Mateo y Marcos).
Jesús declara su tristeza, su miedo corporal, su próximo fracaso de
la muerte. El Enviado del Padre, que
nos va a salvar, tiene miedo de los
hombres sus hermanos, le van a
matar, su cuerpo va a fenecer, va
a sufrir. ¿Tendrá miedo Cristo? Una

pregunta difícil de contestar, pero
que sirve de telón de fondo a la
escena y recuerdo del huerto de
Getsemaní. Cristo se dignó a hacerse hombre con todas las consecuencias. La muerte no iba a ser
excepción. Su naturaleza humana lo
acarreaba. Era preciso. En cuanto a

—Padre mío, si es posible que
pase de mí este cáliz. ».
(Del
Evangelio de S. Mateo, 26, 39).
Cristo-Dios sabe muy bien que
está escrito que ha de morir para
salvarnos. El que nos amó tanto ha
llegado a vacilar, pide al Padre una
cosa imposible. El Padre estaba
comprometido ya con sus HIJOS,
que su Unigénito moriría por todos,
por el perdón de todos.
Este momento se contrapone en
su misma actuación. Jesús se dirige al Huerto y, sin embargo, sabe
que pronto va a ser prendido. Luego, momentos posteriores, pide que
«pase» de El el cáliz, que «otro» lo
beba. Pero la Pasión es voluntad
del Padre y Cristo es obediente
perfectísimo. «Que no sea como
yo quiero, sino como quieras Tú»,
le contesta al Padre. El cáliz que
Dios-Padre le ofrece es amargo, pero como viene de El, Jesús sabe
que es muy saludable. Lo que nos
indica que todo lo que proviene de
Dios, por malo que parezca, es en
nuestro bien y en el de todos: es
SALUDABLE.

Dios no podía sufrir, pero era condición imprescindible el sufrimiento corporal y Jesús, hijo de María,
nacido en Belén, tenía miedo. Comienza a sufrir. Experimenta a fondo el dolor humano.
El dolor físico y moral sirve de
fondo en la Pasión para que resalte
y destaque más aún la figura de
Cristo, el contraste es más efectivo, la luz nítida del que dijo «Yo
soy la Luz...» destaca con más intensidad, por amor a nosotros, sobre las tinieblas del miedo y del
dolor.
Su divinidad le coadyuva para salir al encuentro de la Pasión entrando por la abertura del huerto
de Getsemaní.
Cristo sufre y este sufrimiento
no puede ser objeto de ataque por
parte de los ateos. Filos comparan
el sufrimiento de Cristo con el
nuestro sin distinguir que el nuestro nace del hecho original y el de
El nace de la misericordia y del
amor que nos tiene. La Redención
se redobla en mérito mayor por el
hecho del dolor. Este sufrimiento
fue pues muy positivo. Nadie puede negar el real sufrimiento de Jesús y el temor que poseyó porque
esto sería negar la expresión de
las Sagradas Escrituras. Además
Cristo vino al mundo a darnos ejemplo integral de vida, si en nuestra
vida entra el sufrimiento, El nos
indica cómo hay que soportarlo.
Hay que sufrirlo según la voluntad
del Padre Celestial.
La naturaleza humana se resiste
a soportar lo que se avecina. Cristo
ve con repugnancia de hombre lo
que va a acontecer. Rehusa, se desilusiona, siente angustia, desesperación, soledad, fracaso, pena, cansancio, debilidad, agotamiento, tentación de abandonar lo grande.
«Y adelantándose un poco, cayó
rostro en tierra, y suplicaba así:

«Entonces se le apareció un ángel del cielo que le confortaba».
(S. Lucas, 22, 43).
Dios Padre envía un consuelo al
cuerpo entristecido del Salvador.
Nadie ha podido descifrar nunca las
palabras que el Ángel le diría a
Jesús. Estaba orando, el Evangelio
nos dice que le consoló. Lo que sí
es cierto es que, a pesar del consuelo del Ángel, el evangelista Lucas dice: «Su sudor se hizo como
gotas espesas de sangre que caían
en tierra». Lucas, quizá por su condición de médico, repara en el hecho —cosa que no hace ningún
evangelista— de que suda sangre.
El dolor de Cristo se extrema, el
Ángel no está, se encuentra solo
orando al Padre, todo su Ser se
estremece, de su frente manan gotas de sangre, que llenan la cara y
parte de los vestidos. Las gotas
caen por tierra. El milagro de la
Pasión comienza a darse. La Redención se ha puesto en marcha. El
sufrimiento de Cristo ya no parará.
Ya no le quedan gotas de sudor
frente a lo que esperaba, la congoja de la muerte hace estallar varios
capilares que surcan la frente con
sangre de su mismo cuerpo. Queda demostrado pues la fragilidad
del cuerpo humano representado en
Cristo.
Cristo además de su cuerpo veía
el pecado del mundo, los que habían y los que vendrían. Sufría por
esto también. Su muerte por la resurrección de otros. Y muchos de
esos «otros» por sus continuos pecados no alcanzarían el Reino de
los Cielos. Cristo estaba preocupado. Se entregó a la tristeza para
darnos alegría. Se entregó al dolor
para darnos el goce celestial. Lo
hacía por los demás.
Tras aquellos patéticos momentos se dirige a donde estaban los
apóstoles y siente otra vez tristeza
y soledad. Ve muy bien que los discípulos se encuentran tranquilamente durmiendo, mientras él se
debate ante la muerte. «No pudisteis vigilar una hora conmigo?, le