MonteJurra Num 46 Mayo 1969.pdf


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los de Londres y a los de Gibraltar
a celebrar negociaciones en el mismo Peñón, con la presencia de observadores de la ONU y de la mayor prensa nacional y extranjera
posible. Entretanto, nuestras Embajadas se habrán movido febrilmente en cada país donde estén
acreditadas. Previa puesta en conocimiento de los respectivos Gobiernos, se convocaran conferencias de prensa, poniendo a todo el
país en antecedentes del asunto,
medidas conciliatorias adoptadas,
propuestas de negociación etc.
¿Que Londres y/o Gibraltar se
niegan a negociar o «hacen el tonto»? Una vez m á s puesta en conocimiento de la o p i n i ó n internacional para que vean quién merece
qué. ¿Que la cosa sigue igual? Entonces será hora de que alguien
haga de las Naciones Unidas lo
que estas debieran ser:
Considerando que el Reino Unido se niega a acatar una resolución dispuesta por estas N. U., España pide la e x p u l s i ó n de la Gran
Bretaña del seno de este Organismo; en caso contrario, y como sea
que se ha demostrado que este
Organismo no sirve para nada, para España es un orgullo el retirarse de estas Naciones Unidas, cuya
vida ojalá sana guarde Dios muchos
años». Puede que este no sea un
proceder p o l í t i c o o diplomático, pero por lo menos es efectivo, y efectividad es lo que queremos, y ante
tal alternativa, es indudable que
las Naciones Unidas habrán de tomar una d e c i s i ó n , que sometida a
votación, dudo nos sea desfavorable... siempre y cuando nuestros
d i p l o m á t i c o s e s t é n a la altura de
las circunstancias no haber pedido a Londres que justificara por
qué se negó a que los gibraltareñ o s participasen en unas negociaciones en las que en definitiva se
trata t a m b i é n de su futuro. Las ú l timas no van a gozar de mucha
popularidad. Londres sabe que el
decreto sobre las aguas jurisdiccionales y todo lo que lancemos
en plan «bloqueo» irritan y predisponen cada vez más a los gibraltareños contra nosotros, eternizando así el problema.
R. FABREGAT
(Barcelona)

Carta abierta a
Emilio Romero
Admirado Emilio Romero:
Nadie puede dudar, ni lo hace,
en España de su capacidad period í s t i c a ni de su agudeza como comentarista p o l í t i c o .
Pero la realidad es que, cuando
trata del Carlismo en sus escritos,
su incisiva pluma sufre reiteradamente un completo embotamiento,
quedándose con una v i s i ó n superficial y a n e c d ó t i c a , y sin profundizar en el a u t é n t i c o fondo de su
planteamiento p o l í t i c o y doctrinal.
A s í , cuando insiste una y otra
vez sobre la «división» del Carlis-

mo a partir de 1936, en beneficio
de la dinastía alfonsina o juanista.
Naturalmente que ha habido carlistas (unos centenares, incluidos
los que, siendo antes alfonsinos, se
pusieron accidentalmente una boina roja en la guerra) que han prestado acatamiento a Estoril. Pero
t a m b i é n es cierto que si esta cifra parece ser de una trascendencia para los juanistas, a juzgar por
c ó m o lo jalean, para los carlistas
resulta totalmente irrelevante.
Pero no es sólo eso. También ha
habido carlistas que han pasado a
otros campos (falangista, socialista, etc.), como otros han venido de
éstos al Carlismo. Esto es ley de
vida p o l í t i c a . ¡Aviados íbamos a
estar si sólo nos r e d u j é s e m o s a
un puro crecimiento vegetativo!
Y la f r u i c i ó n con que, en su famosa y comentada «Tercera Página», glosaba Vd. recientemente la
palabra reinstauración, introducida
en las declaraciones de Don Juan
Carlos, como a u t é n t i c o hallazgo.
Porque realmente, si la p a r t í c u l a
RE se refiere a r e s t a u r a c i ó n , es
inadmisible a estas alturas (y creo
que en esto estamos de acuerdo la inmensa mayoría de los españoles) que se llegue a insinuar
siquiera que lo que se hundió por
su propio peso el 14 de abril pueda, de una u otra forma, restaurarse.
Y si se asimila la citada p a r t í c u la a la palabra República, en lo que
Vd. se recrea con auténtica delectación
( a u t o c i t á n d o s e inclusive),
debo decirle que precisamente ese
enfoque institucional, social y democrático, coronado por la Monarquía en lo alto del Estado, es precisamente el que el Carlismo ha
defendido siempre.
Porque no en vano Mella (que
m u r i ó hace muchos años) concebía a España como «un conjunto de
repúblicas, d e m o c r á t i c a s en el municipio, a r i s t o c r á t i c a s en la región
y coronadas en el Estado por la
Monarquía» (cito de memoria). Ref i r i é n d o s e desde luego en su concepto de aristocracia no al de
sangre, sino al de función y servicio.
Y es por ello, por lo que el Carlismo, que siempre ha propugnado
el fortalecimiento de los organismos
sociales (municipios, regiones, sindicatos, etc.) frente al poder o m n í m o d o del Estado, como
contrapeso y freno a sus posibles
abusos y defensa de la sociedad,
aceptaría con más facilidad una
República que garantizase estos
presupuestos, que no una Monarquía que prescindiese de ellos en
beneficio de castas o grupos de
presión.
Las soluciones actualizadas del
Carlismo se reflejan, por ejemplo,
en la descentralización administrativa, la s u p e r a c i ó n del concepto de
provincia (que al siglo de su instauración se muestra insuficiente),
la revalorización de la región y vitalización del municipio, considerados como organismos sociales y
vivos y no como delegaciones gubernativas del Estado (sin perjuicio de que é s t e ordene sus órganos en f u n c i ó n de a q u é l l o s ) , la
autonomía y autarquía universitarias y la p r i m a c í a de su f u n c i ó n
social.

Lo mismo se produce con la reivindicación del mundo del trabajo
y de sus organizaciones, en las
exigencias
de
representatividad
sindical e independencia y en su
proyección p o l í t i c a en las Cortes,
e incluso en el Gobierno, en la reforma de la empresa capitalista
(privándola de su carácter exclusivo de propiedad del capital, para
encuadrarla en su función social,
con participación real de capital y
trabajo en su g e s t i ó n y en sus resultados), en la modificación de
las estructuras sociales en profundidad (socializando lo que haya
que socializar) y en la exigencia
de una educación para todos, según su capacidad, y no de acuerdo
con su origen social.
Finalmente, el reconocimiento y
la exigencia de la más amplia concurrencia de criterios, que, dentro
de la legalidad y con libertad plena
de d i f u s i ó n y d i s c u s i ó n , puedan tener su adecuada representación política, de acuerdo con su respectivo poder de arrastre y s u g e s t i ó n .
Y por todo lo anterior, el Carlismo sostiene que el pueblo español, representado en las Cortes, tiene derecho, en la designación del Príncipe que garantice la
Monarquía católica, tradicional, social y representativa, a poder optar por los que, como la familia
Borbón-Parma, por Historia y adscripción personal, siempre han sostenido esta s o l u c i ó n para España,
sin que sea ó b i c e para ello el tecnicismo de la falta de una nacionalidad que les fue retirada precisamente por defender ese ideario.
Negarle esta opción «a priori» es
i m p o l í t i c o , injusto y a n t i d e m o c r á t i co.
Esperando haber podido contribuir modestamente a aclarar sus
nebulosas ideas sobre «el Carlismo desencuadrado de Don Hugo»,
le saluda muy atentamente,
E. de J.
(Madrid)

E,l acto de
Montejurra
En Montejurra 69, el Carlismo ha
dado un rotundo m e n t í s a quienes
lo pretenden considerar como una
momia egipcia, o, todo lo m á s , una
estampa de museo. Y demostrando, al mismo tiempo, cuan lejos
de la realidad están quienes quieren hacer creer que el Carlismo se
compone de unos grupitos de conformistas sin honor ni dignidad.
Otros han pretendido que el Carlismo ya no tiene cabeza visible,
y anda buscando algo que se le
parezca. El clamor de MONTEJURRA ha demostrado la equivocación de quienes han lanzado tan
gratuita a f i r m a c i ó n . El Carlismo,
fiel a la única Dinastía L e g í t i m a ,
con la cual e s t á identificado y vinculado, no ha caído en ninguna
trampa.
A t r a v é s del Mensaje de su
Abanderado y de las palabras de
algunos de sus hombres represen-

tativos, el Carlismo ha dicho cuanto tenía que decir. Ha expuestoreivindicaciones, que no son solo
las de un grupo p o l í t i c o , sino las
del Pueblo Español. Del que trabaja y del que estudia, del que
quiere vivir libre, amparado en leyes justas, que no tengan nada
que ver con la del embudo, del
que no admite componendas ni remiendos mal hilvanados, del que
quiere saber a dónde vamos... y
por qué caminos... El Carlismo ha
replicado a muchas afirmaciones
falsas y tendenciosas. El Carlismo
ha hecho preguntas tan lógicas como justificadas. El Carlismo ha
recogido el guante, aunque alguien
tenía puesto el pie encima, para
que no lo pudiera recoger. Y el
Carlismo ha lanzado el suyo al terreno.
Por de pronto, haremos nuevas
preguntas: ¿Por qué no se publican ni el Mensaje de Don Javier,
ni los discursos pronunciados en
la Campa de Irache? ¿Por qué se
pretende ocultar la importancia de
la concentración carlista y del acto de Montejurra, publicando tan
solo unas líneas en la Prensa, como si se tratase de una pequeña
romería local, destinada a comer
rosquillas? En contraste, cualquier
acto de mucha menor importancia,
pero que goza del beneplácito oficial, cualquier m a n i f e s t a c i ó n deportiva, merecen páginas enteras
en los p e r i ó d i c o s y los honores de
repetidos comentarios en todos los
diarios hablados. No digamos nada
de los espacios reservados en la
pequeña pantalla... «para vivir cantando», o para «admirar» las chinchillas de Massiel! Y, ¿qué decir
del reciente luto oficial, de los
crespones hasta el suelo, de los
telegramas de pésame obligados,
de las toneladas de papel, de los
k i l ó m e t r o s de película f o t o g r á f i c a
y de los ríos de tinta dedicados al
fallecimiento de una ex-reina, que
no tuvo ni un leal que la acompañase en su «viaje» del 15 de abril
del 31, pero que ya tenía a buen
recaudo las joyas de la Corona,
como lo estamos viendo, actualmente? Cuando el pueblo español
e n t r e g ó hasta los modestos anillos
de boda, para recaudar fondos, en
tiempos de la Cruzada, cuando Don
Javier de Borbón Parma (¡Príncipe
extranjero!), empeñaba su patrimonio personal para comprar armas
destinadas a la defensa de España, ninguna de las valiosas joyas
de Doña Victoria Eugenia de Battemberg ( ¡ t a n e s p a ñ o l a ! ) , vino a
engrosar la recaudación, ni s i r v i ó
para adquirir tan necesarios pertrechos.
Ante esta confusa s i t u a c i ó n , se
alza la verdad del Carlismo! Y esta verdad se ha hecho patente y
ha quedado plasmada en MONTEJURRA. Con miles y miles de j ó venes, de todos los á m b i t o s sociales, que no e s t á n dispuestos a ser,
un día cualquiera, carne de cañón
de los poderes ocultos, ni a dejarse asfixiar por los t e n t á c u l o s
de un monstruo llamado capitalismo. Dos testimonios ha dado MONTEJURRA, este año: el de la inquebrantable lealtad y fidelidad del
Carlismo a su Dinastía, y el de la
protesta por todas las injusticias,
todas las arbitrariedades y todas
las ignominias, que se vienen cometiendo, tanto con el Carlismo
como con su D i n a s t í a .
P. R. GARISOAIN
(Irún)