MonteJurra Num 57 Enero 1971.pdf


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Proyección de la
agricultura y el
Mercado Común
Estimados señores: les adjunto
una serie de opiniones sobre un
tema, que a mi parecer es importante, por si creen oportuno
su publicación. Se trata del Mercado Común y la proyección de
la agricultura.
La mayor ventaja que encuentra en el Mercado Común un
país que se quiere integrar, está,
precisamente, en el impulso hacia una transformación de la
«estructura económico-social».
La incapacidad de algunos
países, entre les que se encuentra el nuestro, de amoldarse a
un gran mercado es enorme, sobre todo en la agricultura. Esto
da lugar a adoptar medidas encaminadas a racionalizarla como única solución, para hacer
más viable y ágil el campo.
Nos movemos en un estadio
intermedio entre lo que el economista
Rostow sitúa
como
etapa de «despegue» y la del
«pleno desarrollo» de bienes de
consumo para la masa; cuyo modelo y meta podemos situar en
los EE. XJTJ. de hoy, y algo menos en los países de Europa Central. Francia, por ejemplo, se
considera, dentro del incontenible progreso, hacia la sociedad
opulenta de Galbraith con un
retraso de 20 años con respecto
a los Estados Unidos, y España
va a la zaga de Francia con un
desfase de 10 a 15 años. España
ofrece, como Italia, una gran distinción, en el desarrollo económico, entre sus zonas norte y
sur, pero la emigración abierta
a los países nórdicos de Europa,
favorece el reajuste demográfico
de ciertas zonas áridas, de difícil explotación si no hubiera
masivas inversiones estatales para la realización de riegos u
otras
inversiones
industriales
con que suplir las dificultades
del sector agrícola.
En general la agricultura de
pequeñas parcelas, salvo la hortícola, que aún veremos subsistir, está destinada a una extinción, y los jóvenes pasan en un
80 por ciento al sector industrial.
Por tanto opino que la política económica europea deberá
procurar, en los próximos años,
la creación de una agricultura
fuerte y sana que nos dé la prosperidad. Si hacemos una comparación con EE. TJU., vemos que,
tanto el consumidor como el
agricultor - productor
obtienen
mayores ventajas que los de la
mayoría de los países europeos.
Creo que la causa primordial está en que el agricultor norteamericano trabaja y rinde mucho
más que el europeo. Podríamos
hacer más comparaciones numéricas que concretarían más; de

todas formas las consecuencias
saltan a la vista. El consumidor
europeo tiene que pagar precios
más altos que el americano, por
no estar racionalizado el sector
de la agricultura. Vemos, pues,
que mientras los precios de los
productos alimenticios, en los
mercados mundiales, se han reducido en un 15 por ciento entre
la década 1950-60, en los países
europeos han aumentado en un
25 por ciento en el mismo período. Así el arroz de Valencia, Tarragona y Sevilla nos resulta más
económico comprándolo en Japón que cultivándolo nosotros.
Por esto, para evitar los excedentes de consumo anuales cifrados en 90.000 toneladas, el M i nisterio de Agricultura aconseja
que en la capital del Turia se
transforme parte del terreno cultivado de arroz a plantación de
frutal (peral sobre membrillero) ; aunque ésta no es la única
solución. En los Países Bajos
cuando el mercado mundial empezó a ofrecerles cereales más
baratos que los que ellos podían
obtener, la primera medida que
estableció el Gobierno, fue la
suspensión del cultivo de cereal
y favorecer la cría de ganado
selecto como es el holandés.
El campesino de la década
1970-80 contará primero la venta y luego la producción. Estudiará: los mercados, la racionalización, la especialización, mientras que las labores y demás
prácticas del campo perderán
mucha importancia y serán realizadas cada día más con la ayuda de la maquinaria.
En resumen la transformación
de la agricultura ha de cambiar
radicalmente la costumbre del
pueblo y provocará grandes alteraciones en la estructura social favoreciendo la poca mano
de obra disponible en el sector
industrial y le dará —a la agricultura— la oportunidad de convertirse de nuevo, en una rama
fuerte y floreciente de la economía.
Vicente Porcar Bigorra
Nules (Castellón)

Revol
ial
evolución socia
Como suscriptor de la Revista
que tan dignamente Vd. dirige
y haciendo uso de la libertad de
pareceres que la Revista mantiene, ruego tenga la gentileza de
publicar la adjunta carta.
De un tiempo a esta parte he
venido observando con notoria
preocupación los nuevos rumbos
que nuestra querida publicación
está tomando. Quiero, antes de
nada, felicitar tanto a Vd. como
a su equipo de redacción que
tan hábilmente están exponiendo con claridad y precisión las
ideas más avanzadas del momento. Quiere esto decir que el
Carlismo, como una de las ideologías vivas de la España con-

temporánea, está también presente en los planteamientos teóricos que intentan, desde distintas posturas, dar una solución
—o proponer esta solución— que
pueda arreglar de modo urgente
y eficaz los grandes problemas
que todos vemos sin resolver. El
inmovilismo político y la imposibilidad de los partidos políticos
en el país ha traído esta atrofia
de nuestro desarrollo político.
No creo —como alguien ha dicho—• que mientras el país no
disponga de una renta per cápita superior a no sé qué cifra,
no es posible la libertad para el
desarrollo social y político. Y no
estoy de acuerdo porque el desarrollo socio-político es paralelo
al económico. Y disociar ambos
ee una equivocación. Pues bien,
el Carlismo ofrece no una revolución política en el sentido más
torpemente empleado, sino y sobre todo, una revolución social
con todas sus muchas implicaciones. No nos asusta la revolución social; lo contrario supondría que nuestra tradición ha
muerto en fórmulas caducas. Para que nuestra idea esté viva es
necesario que aceptemos los más
modernos móviles de la acción
revolucionaria social. Siempre
que sus puntos estén de acuerdo
con nuestros principios básicos,
inspirados en la doctrina cristiana y los derechos humanos.
No debe de asustarnos, y menos
ahora, la palabra revolución. La
Revolución bien entendida está
en el motor de todo desarrollo;
sólo el inmovilismo puede llevarnos a la inercia y a la pasividad.
Revolución no quiere decir violencia ni mucho menos terrorismo. Se nos ha acusado de ambas cosas en estos últimos días,
pero no es cierto.
Es necesario que aclaremos de
una vez para siempre que el
Carlismo no puede ser una cosa
ñoña y marginada. Que no nos
asuste la palabra Revolución,
porque en esencia nada es bueno o malo, sino que todo depende de su aplicación en la práctica. Y poner en marcha y acelerar nuestros principios de Revolución social pienso yo que sí
es ortodoxia carlista.
Y nada más. Adelante y a seguir con esta nueva línea de
compromiso y de estudio serio
de los problemas.
U n cordial saludo.
Genaro Cantero Martínez
Valencia

D isconforme
Por no estar conforme con el
contenido de la revista que Vd.
dirige, y especialmente con el
último número, no deseo que mi
nombre figure como suscriptor a
la misma.
Soy falangista y creía que el
lema Dios, Patria, Fueros y Rey,

principalmente los dos primeros,
coincidían con mis ideas políticas, pero ahora veo que no. Y a
que según su última publicación
a la «Patria» le falta una «s»,
de acuerdo con uno de los artículos que en ella figura.
Con un ¡Arriba España! y un
saludo brazo en alto.
D. Arturo Baldasano Madrid-16

Política en ladrillos
Aunque estoy conforme con la
línea que la revista adopta desde hace algún tiempo, y admiro
la labor que estáis llevando a cabo, quisiera comunicaros mi opinión para solucionar algunos
puntes que considero están abandonados.
Las revistas en general y la
vuestra, exponen con amplitud
de datos, números y referencias,
los problemas que el carlismo en
particular y la vida española en
todas sus facetas vienen soportando desde hace algún tiempo.
Pero en este camino de dar soluciones, hay algo más que la
exposición de hechos fría y calculadora o las
disquisiciones
complicadísimas sobre la situación y la consecuente línea política.
La política nacional necesita
síntesis, porque sus condicionamientos culturales lo exigen así:
lemas, panfletos, proclamas, hechos objetivos, acciones concretas; no especulaciones acerca de
la revolución, sino las metas de
esa revolución.
Creo que el pueblo, ese pueblo
que se invoca a la hora de las
declaraciones de principios, de
las elecciones y de los fracasos
necesita saber a ciencia cierta
hacia dónde se dirige y por qué,
sin fiorituras intelectuales que
la mayoría son incapaces de convertir en vida y acción.
Con todo esto quiero decir que
la política en ladrillos, propia de
una ideología elitista y decimonónica, llega a tres o cuatro personas con la suficiente paciencia
para tragarse varias páginas en
las que de una manera continua
y machacona se nos habla de
una filosofía que tal vez por ser
la nuestra, ya tenemos conocida
y asimilada.
Me viene a la memoria el artículo, publicado en el último
número, sobre «El soeiedalismo»,
como ejemplo concreto de todo
lo que hasta aquí he dicho; ¡hace falta una política de grito y
de canción!, capaz de llegar al
fondo de la mentalidad de todos.
Muy agradecido de antemano
y rogando su publicación, expongo mi punto de vista sobre
el modo de hacer las cosas, dentro del más puro espíritu de la
Tradición: menos elucubrar y
más actuar.
Jorge Pérez - Morella (Castellón)