MonteJurra Num 6 12 18 Abril 1965.pdf


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U N I D A D
NACIONAL
¿PARA QUE?
La unidad de los pueblos viene siempre determinada
por las exigencias de un quehacer histórico común. Es
así la tradición la que proyecta a un pueblo como unitario hacia el futuro. Aquello de la «unidad de destino»
no es más que una forma poética de designar esa trayectoria histórica de los pueblos. La frase se utiliza
ahora por algunos europeístas para afirmar que Europa
es, y debe serlo aún más enérgicamente, una unidad
política.
En nuestra portada, una obra maestra
de Gregorio Fernández o Gregorio Hernández, que si la primera manera fue la firma
que ponía en sus obras, la segunda, resultó
la preferida, por muchos de sus biógrafos.
Tratando el desnudo alcanza

aciertos

máximos. Tiene una serie de Cristos yacentes y otras muchas obras de imaginería.
Los cuerpos modelados de forma mórbida y
suave, rico en calidades, con

expresiones

siempre, en los rostros, espirituales.
Dícese que el propio artista, refiriéndose al Cristo yacente de los Capuchinos de
El Pardo, solía decir que: «si el cuerpo lo
había hecho él, la cabeza sólo la había podido hacer Dios».
Nueva y vieja Semana Santa por toda
España. Inmenso dolor de un pueblo cre-

Esta razón histórica de la unidad política aparece
sellada siempre por una crisis configurante; propiamente, por una guerra civil decisiva. Todos los grandes Estados son lo que son gracias a una guerra civil. Que los
efectos configurantes de las guerras civiles sean permanentes, no se puede decir, y no es infrecuente que los
pueblos necesiten resellar el resultado de su guerra civil
principal con nuevos complementos no pacíficos. Este
es, por ejemplo, el caso de los Estados Unidos: la actual
crisis de Alabama pone de manifiesto que los efectos
configurantes de la Guerra de Secesión necesitan hoy de
un refuerzo complementario, que, como vemos, no es
del todo pacífico. Quizá España venga necesitando también de tales complementos, pues desde la Guerra Civil
que configuró a España —la que llamamos Reconquista— han pasado muchos siglos, y a veces parece que los
españoles, a pesar de nuestra última Cruzada, se empeñan en olvidar su propia personalidad histórica. No
hacen otra cosa los que pugnan por la llamada «europeización de España», con la consiguiente liquidación de
aquellos caracteres peculiares de España que resultaron
precisamente de una victoria decisiva en una guerra de
religión, y parecía haber resellado nuestra Cruzada.

yente, que se espanta de la maldad del
hombre, condenando a muerte al buen Jesús, a todo un Dios y no quiere dejar abandonada a la Soledad, disponiéndose a seguir a la Santísima Virgen, su Madre, en
la tragedia.

MONTEJURRA
DIOS - PATRIA - F U E R O S - R E Y

SEMANARIO DE ACTUALIDAD
Precio 8 ptas. - Año II - N.° 6 - 12-18 abril 1965
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PAMPLONA
D. L. NA 2 0 5 - 1963

La unidad católica oficial (que no es incompatible
con la deseable separación administrativa entre Iglesia
y Estado) es precisamente el sello de España, y lo que
ha determinado su historia de contradición con la Europa infectada de herejes y secularizada.
Todo esto parece estar hoy en revisión, pero la cuestión ante la que no podemos cerrar los ojos es ésta:
¿Para qué sirve la unidad política de España si renunciamos al sello histórico que nos caracterizó, y justificó
nuestra unidad? ¿Cuál va a ser nuestro quehacer nacional común si renunciamos al de nuestra tradición? Precisamente fue esta tradición la que constituyó nuestra
unidad política y afirmó una monarquía legítima como
instrumento necesario de continuidad histórica. Es lo
más natural que quienes quieren renunciar a la Tradición renuncien juntamente a la monarquía y a la legitimidad, pero será necesario que renuncien también a la
unidad política, y se rindan desarmados ante las fuerzas de dispersión territorial. Porque, francamente, para
ser una sensata democracia más, con buena economía,
pluralismo religioso, pacifismo y control de natalidad,
para eso no veo yo que sea necesario mantener la unidad forjada por nuestros antepasados.
ALVARO

D'ORS