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¿El

capricho
norma cíe gobierno?
Por Raimundo DE

El espíritu de rebeldía que, larvado o
manifiesto, se observa en el desarrollo de
los acontecimientos humanos a través del
tiempo, sirve para darnos la clave de la interpretación de la historia universal, como
reducida en definitiva, al vano intento del
demonio de oponerse a la voluntad salvífica
de Dios para con los hombres. Es el eco
en la tierra, del «non serviam», que en el
principio resonó en los cielos.
El orden cristiano trabajosamente establecido por la Iglesia en el mundo, es atacado desde dentro con machacona insistencia, combatiendo su primer principio de
autoridad divina: el del Papa. La teoría
conciliar trasladando la potestad suprema
de la Iglesia al pueblo cristiano, representado por el Colegio de los Obispos, iba
preparando los ánimos, para su negación
total.
El momento adecuado, le ofrece el Renacimiento, al considerar al hombre, ensoberbecido en sus primeros balbuceos de
dominio de la naturaleza, como el centro
del cosmos y desplazar a Dios de su lugar
preeminente. Por eso se le denomina también, Humanismo.
Esta exaltación exagerada y unilateral
del hombre, hace brotar la Protesta en el
terreno religioso, el Racionalismo en el filosófico y la Revolución en el político. Lutero, Descartes y Rousseau, son las figuras
representativas: libre examen, subjetivismo, derechos individuales «inalienables e
imprescriptibles». Común denominador del
sistema: supresión de todo orden jerárquico.
No importa que los defectos de la Iglesia, en cuanto sociedad humana, ofrecieran
coyuntura fácil para la Reforma, al igual
que el anquilosamiento del antiguo régimen, pretexto ocasional para la Revolución.
Era lo accidental, que permitía salir a la
superficie una corriente subterránea, va que
cupo una Reforma cristiana en Trento, como hubiera cabido la revitalización de los
principios cristianos de gobierno, si el «derecho nuevo» hubiese concedido un margen
de libertad a sus contrarios, para restablecerlos, porque una vez que la Revolución
se instaló en el poder por la violencia, no
se avino a dejarlo de la mano en ningún
supuesto.

La Revolución llegó históricamente con
dos siglos de retraso, los necesarios para
que el poder de los reyes, robustecido con
la Reforma, pudiese quebrantar al de los
Papas. A ésta, no le bastaba ya la supremacía del Concilio (en cuya doctrina, Protesta y Revolución tienen su origen) porque
no satisfacía la mera traslación del poder
a un conjunto orgánico —el Colegio episcopal— sino al hombre, aisladamente considerado. Pero cuando ya no fue preciso el
instrumento, el espíritu de rebeldía arrojó
su última careta y se enfrentó con el poder
político que las Monarquías representaban.
Nunca, hasta Rousseau, su manifestación había sido más descarada y sus consecuencias más funestas para la sociedad. Se
parte de una afirmación inicial (que su autor no se esfuerza en demostrar) que toda
la autoridad que se encuentra establecida
en la historia, es opresiva y tiránica y sólo
el hombre puede ser libre cuando una vez
derribada, sea constituida otra, basada en
los principios apriorísticos del pacto social.
Según ellos, por una gratuita identificación
entre poder y libertad, el hombre únicamente puede conservar ésta en su selvática
fiereza, cuando la entrega íntegramente al
todo social, para que le sea devuelta sarantizada, a través de las decisiones de «la voluntad general», por medio de cuyo mecanismo consigue mandarse a sí mismo siempre, no dejando de ser soberano nunca. Así
el poder político viene a ser la suma de las
infinitesimales voluntades individuales, aisladamente entendidas, de los componentes
de la sociedad, que se expresa por la descomposición de un juego de fuerzas, de la
mitad más uno, a cuya decisión mayoritaria, ha de someterse forzosamente ese «soberano-subdito» que es el hombre, aunque
discrepe, y aunque se sienta violado en lo
más íntimo de su conciencia.

Dejando a un lado lo disparatado del
planteamiento, lo más grave de la democracia está, en la traslocación de los términos
que ha efectuado en los principios universales de la Política. Ha erigido como fundamento del poder político, la mera voluntad.
Pero la voluntad es una facultad ejecutiva,
no reflexiva o rectora; cuando se quiere, se
quiere por algo y cuando este «algo» pugna
con la verdad o el bien, entonces este que-

MIGUEL

rer viola la norma superior y debe ser reprimido, no ensalzado a ley, aunque la concurrencia en esta voluntad viciosa sea máxima. Lo que se quiere solamente como expresión de voluntad y haciendo abstracción
de su contenido, significa elevar el gusto,
la veleidad, el capricho, a principio rector
de las relaciones humanas, olvidando el peso específico de muchas de ellas, sometidas
a una jerarquización independiente de la
voluntad humana.
Los términos verdaderos de la cuestión
no se plantean en si una cosa agrada o desagrada (tanto da que sea en relación a un
hombre, como a una colectividad), sino en
si debe o no debe hacerse. Si constituye una
obligación, ha de cumplirse e incluso un
buen gobierno ha de forzar a su cumplimiento. El halago a las masas, a las que se
traslada el poder, es con este sistema fácil,
porque los deberes no suelen ser cómodos;
pero lo que hay que preguntarse es si porque las cosas no se quieran y se cierren los
ojos a ellas, dejan de ser o no, así.
El ejemplo bíblico de Sodoma, donde ti
pueblo exigía tumultuariamente la satisfacción de sus vicios, puede ser un ejemplo
que, no por extremo, ha dejado de tener
una correlación actual con cierto proyecto
de ley presentado al Parlamento sueco. Y
definitivamente Cristo es Rey, aunque el
pueblo judío no quiso que reinara sobre él.
He aquí la problemática capital de la
democracia y su viciada raíz insoslayable:
el desplazar la noble tarea de la Política,
del cumplimiento de lo justo, como norma
permanente superior, hacia lo utilitario, voluble, acomodaticio y caprichoso; a la explotación interesada de las más bajas pasiones humanas.
No sólo barrena los principios cristianos
en que la sociedad se basa, sino que suprime todo fundamento de estabilidad política, porque así, el orden que impone el
Poder, es también caprichoso; el Gobierno
se desviste la Autoridad —que es la estima de un poder propio— para convertirse
en un mero receptáculo de fuerza, aunque
sea mayoritaria.
Y el capricho, impuesto por la fuerza,
no es sistema para el gobierno de la sociedad humana.
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