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16 Esmeralda Legión de cucarachas .pdf



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Title: Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda – Libro 1
Author: Darío

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Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda – Libro 1
16 - E SM ER A LDA – L EGIÓN

DE C UC A R AC HA S

Las cosas como son, esta ciudad subterránea es una pasada, tiene columnas altísimas
por todas partes, haciendo arcos entre cada una de ellas, las columnas están cuidadas y
tienen muchos dibujos grabados, al menos las zonas en las que ese musgo azul no cubre,
seguramente en el techo también hay pinturas o grabados, pero el musgo lo tiene todo
bien tapado, y los pocos huecos que haya, al estar tan alto y con la luz alrededor no se
distinguiría nada. Todos los edificios están construidos alrededor de estas columnas,
más grandes o más pequeños, con sus calles amplias y lo que parecen zonas de cultivo,
no sé qué pintan dentro de una montaña donde no llega la luz del sol, pero bueno,
también he visto a lo lejos establos para el ganado y en los laterales de la ciudad, las
paredes del interior de la montaña hay una flujo constante de agua cayendo, no llegan a
ser cataratas, sino más bien una continua capa de agua que fluye por la pared, supongo
que será del hielo de fuera, no lo sé, pero la verdad es que es una preciosidad como esa
capa de agua con sus brillos sustituye al cielo, mezclado con la luz del musgo le da a
uno la sensación de estar en otro mundo.
Pero es una ciudad, y por tanto tiene sus típicas características, de zonas de clase
baja, media y alta, de normal dependiendo de qué zona es más segura de cara a una
invasión, y como pasa en toda ciudad amurallada en mitad de la nada, la zona más
segura es la del centro, en este caso alrededor de la hoguera, las zonas periféricas son las
más pobres, pero conforme más nos vamos acercando a la luz del fuego los edificios
van ganando en calidad y detalle. Los edificios que vamos pasando ahora no tienen nada
que ver con ese cuchitril en el que tuvimos nuestra primera escaramuza, ni en el número
de esas criaturas que escuchamos a nuestro alrededor, cada vez mayor. Por el motivo
que sea, en plena calle parece que dudan más en acercarse a nosotros, mi compañero
cree que ellos cazan usando el factor sorpresa más que la fuerza y el número y por eso
no nos atacan en espacios abiertos, lo veo lógico después de cómo nos atacaron dentro
de aquel edificio, todavía no sé como narices nos atacaron sin que los viéramos.
—Oye, dime una cosa, ¿has pensado en cómo vamos a cargarnos a todos los que
haya aquí escondidos en menos de… bueno, un día y medio?
—Localizar y dar caza a todos solo nosotros dos en esta ciudad tan grande es del
todo imposible, nos den el tiempo que nos den.
—Ya, yo también había llegado a esa conclusión.
—Así que no debemos ir tras ellos, sino hacer que ellos vengan a nosotros. —Sigue
sin hacer caso a mi comentario.
—¿Poniendo un cebo? ¿Exactamente que cebo crees que los atraerá a todos a un
mismo punto? —Le pregunto con una sonrisa, guarda silencio, no sé si porque no lo
sabe o porque no sabe como decírmelo y que me parezca bien, así que lo digo yo—Si
como creemos aquí tienen a sus crías podemos usarlas a ellas de cebo, no hay criatura
en este mundo que no acuda a ayudar a una cría de su especie en peligro.
Él me mira en silencio y me pregunta:
—¿Te parece bien?
—Es lo más lógico, no tenemos tiempo ni sabemos otra opción que pueda valer. Y si
los de Picoalto entran aquí y nos dejamos aunque sea a un macho y a una hembra que
puedan tener crías, los meses que estén aquí aislados será una sangría. —Es crudo, pero
es verdad, o nos los cargamos a todos como sea ahora o ni un habitante de Picoalto
llegará a la primavera, estos bichos son fuertes y listos, ya lo he visto otras veces,
sobrevivirán comiendo ganado hasta que sean suficientes para plantar cara a los
Darío Ordóñez Barba

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humanos, y dudo que los caballeros de esta montaña aislada tengan experiencia como
para acabar con docenas de estos—Pero ¿cómo agrupamos a todas las crías en un
mismo punto?
—Con un poco de suerte las tendrán a todas en un mismo sitio, si no habrá que
agrupar a todos los cuerpos que encontremos en un mismo sitio, con lo listas que son
estas criaturas seguramente las crías no querrán alejarse nunca de sus madres, aunque
estén muertas. —Me dice sereno, pero es evidente que no le hace demasiada gracia el
plan, pero no hay otra.
Seguimos avanzando por la calle, es evidente que saben dónde estamos, les hemos
visto seguirnos desde hace rato, pero no nos han hecho nada aún, cuando llegamos hasta
la plaza donde está la enorme fogata en lugar de meternos sin más ahí, nos colamos en
una de las casas que tiene la fachada en la misma plaza, es una casa particular, de tres
plantas, toda bien amueblada, con toda clase de adornos, vamos, la casa de un rico que
compra lo que le da la gana, aquí dentro hay más de una de esas criaturas, las hemos
notado en habitaciones próximas y en la planta de arriba, pero parece que se han largado
en cuanto nos hemos acercado, mejor. Mientras él sigue mirando en todos los rincones
de la habitación en la que estamos, la sala de estar, yo me asomo a ver la fogata, es una
enorme llama en cuyos alrededores están unos muros de piedra azul con grabados de lo
que parece la representación de un bosque, cada piedra tiene algo diferente, y en el
suelo, en un gran círculo alrededor de la hoguera igual, piedra blanca entre piedras
azules representando las estaciones que sufre esta zona, la montaña en la que se ve
como por dentro y por fuera tiene enormes ciudades, en invierno iluminada la de dentro
y el resto la de afuera, con sus gentes, sol, flores y todo eso que representa cada
estación. A su alrededor veo a unos cuantos de estos animales repanchingados al
calorcito de la hoguera, tumbado boca arriba como si fueran perros. Pero son pocos y no
vemos a ninguna cría, sobre el tejado de las casas de al lado veo algunos adultos con
unos más pequeños tras ellos, pero no tan pequeños como para considerarlas crías de
teta.
Una vez terminada de ver esta casa pasamos a la siguiente, y más de lo mismo, los
animales que hay aquí huyen como palomas en cuanto nos acercamos, y así durante tres
casas, todas casas particulares, ni negocios ni nada, se ve que los más acaudalados se
colocaron bien al lado de la chimenea cuando repartieron las casas aquí dentro, pero al
llegar a la cuarta casa, veo desde la ventana que al otro lado de la calle, tras la hoguera
una casa enorme, más de tres veces las que hemos estado hasta ahora.
—Bueno, dices que son listos, así que yo diría que ya hemos dado con su
madriguera. —Dice mi compañero. Tengo que encontrarle nombre.
—Nos va a llevar un buen rato llegar hasta ahí yendo de casa en casa.
—¿Prefieres que vayamos de frente en mitad de la calle? —Me pregunta serio, así
que me entran ganas de tomarle el pelo.
—Será lo más cómodo, y así todos se nos echarán encima que es lo que queremos,
¿no? —Digo encogiéndome de hombros.
Pero se ve que no pilla la broma, porque abre la ventana y salta afuera sin más.
Levantando enseguida la atención de toda las criaturas que estaban fuera calentándose y
las de los tejados.
—¿Vienes? —Me pregunta sin más.
Nota mental, dejar bien claro cuando estoy de broma con este tipo.
De primeras, los animales no reaccionan, no saben bien que hacer, pero una de los
tejados salta a la calle seguida de una cría algo crecida y se nos lanzan con verdadera
fiereza. Mi compañero saca la espada que lleva a la espalda y para mi sorpresa se estira
de verdad, dándole tal hostión a la grande que le salta la cabeza, pero la pequeña sigue
Darío Ordóñez Barba

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ahí y se lanza a por él, como está todavía recogiendo su espada me planto delante de él
y acabo con ella dándole un buen viaje con el machete como si fuera un martillo
enorme. Me doy la vuelta hipnotizada por su espada y veo que ésta está dividida en
varias partes, y unidas por unos cables de acero, sí que se estira, pero no por magia sino
por obra de ingeniería muy ingeniosa. Joder, es como una espada serpiente pero a lo
bestia.
Ante eso la reacción de sus congéneres es inmediata y se lanzan con todo todas a la
vez contra nosotros.
—Su cabeza es bastante dura, intenta apuntar a su cuello o boca sobre todo. —Me
dice mientras se guarda su espada grande y saca dos normales del cinto, una en cada
mano.
—Cada uno de un lado y su propia derecha.
Así que me pongo de espalda a él y cada uno se ocupa de los que vienen de frente o
por su derecha. Él se dedica principalmente a hacer estocadas con cada espada, se le da
bien la cosa y acaba con uno tras otro de un solo golpe la mayoría, a mí me cuesta algo
más, vienen un montón a la vez y por todas partes y es verdad lo que dice, su cabeza
alargada es como un escudo natural, ni dándole con todas mis fuerzas puedo partirlo de
un tajo así que me centro más en la boca o en el cuello si puedo. Con mi brazo derecho,
donde tengo mi escudo de placas de hierro por todo el brazo lo uso para pegar reveses y
alzar la cabeza a los que puedo para alcanzar el cuello, con los más pequeños no hace
falta demasiado, su escudo no es tan duro, de un tajo me los puedo cargar si le imprimo
mucha fuerza. Entre embestida y embestida mi compañero me coge del hombro y me
empuja para un lado, por un momento me asusto pensando que me está lanzando hacia
uno para hacerle de escudo, pero no, me acerca a la hoguera, no sé qué quiere, pero nos
vamos acercando a ella pasito a pasito, joder, estas cosas no paran de salir es como
pegarle un golpe a un avispero y ver como salen avispas como posesas. Cuanto más nos
acercamos más calor noto, pero no calor agobiante de verano, calor de quemarte la piel
y ponérsete en carne viva en segundos, voy a quejarme a él cuando noto que las
embestidas se van reduciendo, una de esas bestias está delante de mí sin saber qué
hacer, y noto que sí que tiene ojos, cerrados, pero joder, tiene cuatro, dos donde
nosotros y otros dos en los laterales del cráneo, y veo que los están cerrando con fuerza.
—Este es su límite, avancemos un poco más para que sigan atacando. —Me dice.
Ahora lo entiendo, nosotros estamos de espaldas, pero aun así la luz es cegadora,
ellos que la tienen de frente tienen que cegarlos a la fuerza, creía que no tenían ojos, así
que ni pensé en hacer esto, pero simplemente los tenían cerrados y no se distinguirían.
Deben de ser criaturas que viven en la oscuridad, por eso no abrirán mucho los ojos
cuando hay algo de luz y los atraerá, pero claro, aunque tengan los ojos cerrados, una
luz tan intensa penetra en los párpados. Si nos metemos tan cerca del fuego no podrán
acercarse, pero a una distancia adecuada podrán detectarnos pero no distinguirnos bien,
eso es lo que quiere mi compañero, el cabrón es listo. Damos unos pasos adelante hasta
que calculamos más o menos el punto perfecto entre que vengan en un número
razonable y que estén en desventaja. Y eso hacemos.
Nos tiramos así por lo menos dos horas, descansando de vez en cuando al abrigo de
la luz, pero es un arma de doble filo, hace tanto calor que estamos sudando bastante, si
caemos deshidratados tanto combate no habrá valido para nada, pero llegan unos tras
otros. Como aquí no hay sol, no podemos calcular bien la hora, así que cuando estamos
unos cinco minutos sin se atosigados por ninguno le pregunto:
—¿Cuánto llevamos así? —Ahora que me he relajado un poco noto la dificultad con
la que hablo y que estoy realmente empapada.

Darío Ordóñez Barba

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—Entre tres horas y media y cuatro… más o menos. —Dice entre jadeos, con tanta
ropa él tiene que estar peor que yo.
Nos alejamos un poco del fuego tentando a un posible superviviente que nos ataque,
pero no hay respuesta.
—Trescientos cincuenta y siete. —Le digo triunfante.
—Cuatrocientos dos. —Me responde él.
—¿¡Qué!? Joder, anda que han sido por pocos, mierda. —No sé porqué, pero me da
rabia que se haya cargado más que yo.
—Setecientos cincuenta y nueve. —Dice después de unos segundos de silencio.
—¿Qué?
—Contando a los dos de antes son un total de setecientos sesenta y uno. —Dice
mirándome—¿Cómo puede haber tantos?
—Aún no había llegado a plantearme eso, pero sí que parece una cifra exagerada. Ya
no es solo el tiempo que les haya llevado, ¿de dónde han sacado tanta comida para
prosperar tantísimo?
—No tengo ni idea. Pero espero que no queden demasiados. —Dice ya recuperando
el aliento.
—Joder, ¿es que crees que quedan más?
—Mira a todos estos, son exactamente iguales unos de otros.
Ya me había fijado en eso durante la batalla, aparte del tamaño de crías y adultos
todos mantienen los mismos rasgos.
—¿Y qué?
—Que yo sepa en todas las razas los machos y las hembras son diferentes, pero aquí
todos son iguales.
—Y para que haya bebés tiene que haber un papi y una mami que se quieran mucho,
ya cojo donde quieres llegar. —Digo a desgana, estoy reventada.
—No podemos ponernos a buscar a los que quedan, tal y como estamos, deberíamos
recuperar fuerzas antes.
—Es lo más inteligente que he oído en todo el día. —Digo ya de mala manera, estoy
tan hecha polvo que no puedo ni animarme a mí siquiera.
Así que cruzamos las montañas de cadáveres y nos metemos en la quinta casa desde
la izquierda de la mansión donde creemos que tienen su madriguera, revisamos toda la
casa y las dos contiguas y descansamos en el salón. Ambos nos quitamos la ropa justa
para que no haya malentendidos entre nosotros y nos ponemos a gusto, aunque él no se
quita la máscara, ahora sin la capucha la máscara desentona más, y me está entrando
mucha curiosidad por lo que oculta, lo que es el resto del cuerpo parece normal, cuerpo
tocho de mercenario pero con pocas cicatrices, claro que solo le veo los brazos, los
hombros y la clavícula, y tiene el pelo negro ondulado y bastante más largo que yo,
hasta los omoplatos y con un buen flequillo que le debe llegar hasta los ojos. Dejando
eso a un lado, en toda casa de un ricachón siempre hay de sobra de todo, esos bichos no
han dejado nada de comida, pero sí de bebida, la bodega está casi llena, salvo un par de
barriles rotos, el resto están intactos, y qué alegría, este vino está buenísimo, pero bebo
sola, mi compañero abre un barril con agua, parece en buen estado y está fresquita y él
bebe aludiendo que no quiere estar tocado cuando se enfrente al resto, yo le mando a la
mierda, pero tras unos tragos me da cosa y dejo el vino para cuando acabemos, pero eso
sí, lleno la bota que llevo encima hasta las trancas, el poco agua que me quedaba la tiro,
una bota de vino es para guardar vino, ¿no?
Mientras la lleno noto que a mi espalda mi compañero se está echando agua fresca en
la cara, no le doy importancia, es algo típico cuando tienes calor y has sudado, pero
cuando me doy cuenta de que para ello se ha tenido que quitar la máscara dejo caer la
Darío Ordóñez Barba

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bota de la prisa que me doy para darme la vuelta, pero ya se ha tapado la cara con la
máscara. Mierda, un poco más y se la habría visto, no estoy en lo que estoy.
Los dos llevábamos algo de comida encima por si hacía falta, hay que ser precavidos,
así que entre tragos comemos algo mientras nos turnamos en tumbarnos en el sofá y
vigilar por la ventana. Estoy saboreando un buen cacho de cecina repanchingada en el
sofá, con una pierna encima del respaldo y solo la camiseta de tirantes por encima de la
cintura, estoy en la gloria hasta que mi compañero me hace un gesto con la cabeza de
que vaya a la ventana. Entre los cadáveres han aparecido otras de esas criaturas, con la
misma forma, así que del mismo género, vamos a dejarlas como hembras, ya que no
vimos nada parecido a genitales en las que nos cargamos antes, aunque como tienen
más pinta de escarabajo que de personas, o dicho de otro modo, son más insectos que
mamíferos, no sabemos a ciencia cierta si son hembras, pero lo dejaremos así. Lo que
más llama la atención es que son algo más grandes que el resto, parece que están
intentando despertarlas dándoles con el hocico, pero al ver que ninguna reacciona
estallan en una especie de aullido, lo hacen igual que los lobos, apuntando la boca al
cielo, desde aquí veo a seis, tras eso, una de ellas les suelta un gruñido y las seis salen
disparada en la misma dirección, la mansión de la que sospechábamos.
—Bueno, mira a dónde van, blanco y en botella…
—Bien, vamos a terminar con esto. —Dice mi compañero cogiendo su capa.

Darío Ordóñez Barba

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