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Author: David y Cristina

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Prólogo
El incidente
La música suena por toda la estancia, el sonido rebota por las paredes de mi
ático mientras preparo la suculenta cena de Nochebuena: de primero, un
entremés con jamón serrano, queso, lomo “embuchado”, ensaladilla rusa y
espárragos bautizados con la mayonesa que me va a sobrar. De segundo, un
poco de marisco —almejas, mejillones, gambas…— que le he comprado a un
pescador por poco dinero, ventajas de vivir en un barrio naval.
Echo un vistazo al techo y río; viendo cómo la lámpara bailaba al son del
Black Friday Rule de los Flogging Molly. La casa danza con la melodía y la
cristalería emite un tintineo parecido al de una campanita. Me acerco a la
minicadena y subo una décima más el volumen. Siento el movimiento por todo
mi cuerpo, esta canción es bestial.
Corro hacia la cocina donde agarro una botella que se movía hacia el borde
de la encimera. Poco a poco el tintineo de las copas cesa y la lámpara deja de
bailar justo cuando la canción acaba. Idiota. Aunque parezco tranquilo suspiro
aliviado. El interfono suena y aprieto el botón. Me pongo la chaqueta y me tomo
un momento para mirarme al espejo.
Sonrío al pensar en que hace cinco años tenía un pelazo y ahora sólo queda
un solar, como dice un compañero de desgracias: lo que no te quita la alopecia
te lo quita la quimioterapia. Mi cuerpo cada vez está más escuálido y
posiblemente no llego a los sesenta kilos. Hace tiempo que la báscula pasó de
mí y yo de ella.
Sin más dilación abro la puerta. Es mi compañero de patrulla. Su nombre es
Getxa y sus apellidos son Etxeberria Izara, es un vasco-francés nacido en
Bayona pero con residencia en Irún. Tiene veintiséis años, los ojos son de un
azul oscuro y el pelo rubio. Es muy alto, posiblemente supera el metro noventa y

tiene constitución de corredor, brazos y piernas de atleta. Su mote en la
comisaría es simplemente Vasco.
—Ese ascensor es rapidísimo, trece pisos en dos segundos —silba alegre.
—No te quedes ahí, pasa.
— ¿Cierro?
—Déjala abierta, Patrick estará a punto de llegar. —Digo mientras paso al
interior.
Es una costumbre no cerrar la puerta cuando esperas a alguien, raro para
una ciudad de tres millones de habitantes, pero por aquí los chorizos son barras
de carne adobada y curada.
En media hora llega mi querido concuñado, o sea, el hermano de la mujer de
mi hermana Ann. Su nombre es Patrick McDonelli, y procede de Dundalk, tiene
veintitrés años, es pelirrojo natural y delgado como un papel. Es conocido por
todos como el Sangres. Éste y Getxa se han quedado solos por navidad y
solamente me tienen a mí en la ciudad.
Ponemos la televisión, dónde aparece el presidente del Gobierno dando el
discurso de Nochebuena. A un lado de la pantalla se ve un mapa del país de
donde brotan pequeñas bolitas rojas. Pronto cambian el discurso por una
retransmisión en directo desde el Ayuntamiento. Al lado del Alcalde están dos
chicos con gafas y papeles en mano.
Resumiendo, nos cuentan los dos cerebritos que hay bastante actividad
volcánica bajo nuestros pies y que habilitan los refugios repartidos por la ciudad
“por lo que pueda pasar”. Pues menuda novedad.
Miro el reloj, ya son las nueve y media los chicos ya están sentados a la mesa
mientras yo caliento el primer plato. Les sirvo los entremeses y tienen la
decencia de esperar a que me siente para empezar a comer, veo que no han
tocado ni un trozo de jamón de sus platos.

Durante la cena hay risas, gritamos, armamos alboroto y cantamos villancicos.
Nos bebemos dos botellas de cava español que había traído Getxa. Acabamos
con el postre y nos ponemos a cantar en el karaoke que tengo guardado en el
trastero.
Todavía no estamos borrachos, así que nos servimos un par de Guinness y
seguimos cantando hasta bien entrada la medianoche. Después del karaoke nos
vamos a mi habitación a jugar a la Wii.
Una y cuarto de la noche y nosotros aún estamos jugando. De repente
escuchamos una especie de rugido a lo lejos. Miro a Getxa que se encoge de
hombros y pronto volvemos a la calma y seguimos jugando pero justo cuando
en el juego ponía “salta” se fue la luz, y Patrick juró en alto.
— ¿Qué coño está pasando en este puto barrio hoy? —comento enfadado y
bastante borracho.
Nuestros móviles suenan al unísono, otro gran rugido suena, esta vez mucho
más cerca y nos levantamos del susto, como impulsados por un muelle. Un
potente chirrido nos perfora los oídos y el perro del vecino ladra como si
estuviera poseído por un demonio que sólo él puede ver. Getxa se pone
nervioso y empieza a respirar fuertemente, no es momento para un ataque de
asma, querido amigo. Enciendo una pequeña linterna y le miro, está con los ojos
como platos y la vista puesta en el móvil.
—No pasa nada, volverá la luz enseguida —intento calmarle, sin éxito.
No dice nada.
Cojo el teléfono de la cama y miro la alerta.
— ¿Qué demonios pasa? Me he olvidado el maldito móvil en casa –pregunta
Patrick, tenso.

—Dios, vámonos —digo casi sin aliento.
Estando de pie sentimos una vibración debajo de nosotros y siento que todo
se mueve hacia la izquierda, la televisión titubea y está a punto de caer pero,
otra sacudida, esta vez hacia la derecha, se pone en su sitio. Al salir al pasillo
escucho mucho jaleo en la cocina, toda la cristalería está cayendo al suelo
estrepitosamente.
Es un caso de los de “vamos a morir todos”. Corremos por el salón sorteando
las cosas que caen. Al cerrar la puerta puedo oír como el gran armario que
contiene la televisión cae al suelo regando todo de deuvedés, cedés y libros.
Un gran temblor casi nos hace caer por las escaleras, mientras la gente sale
de sus pisos con sus mejores trajes de gala y algunos llorando por el miedo. El
terremoto para un momento para volver con más fuerza, así que bajamos más
rápido. Cuando estamos en el sexto piso, el bicho pierde fuerza y en el cuarto
cesa para siempre, aún sin los temblores seguimos bajando hasta llegar a la
calle y de ahí vamos al gran parque que teníamos al lado, el único sitio libre de
edificios. Miro el móvil una vez más.
El mensaje de advertencia reza: siete con cinco.


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